Homenaje

Precursores de la objeción de conciencia

  • Fernando Marín y Ángel Sánchez pasaron una década en la prisión de Santa Catalina por negarse a hacer la mili en la dictadura por motivos religiosos

Fernando Marín y Ángel Sánchez posan delante de la placa descubierta en el castillo de Santa Catalina. Fernando Marín y Ángel Sánchez posan delante de la placa descubierta en el castillo de Santa Catalina.

Fernando Marín y Ángel Sánchez posan delante de la placa descubierta en el castillo de Santa Catalina. / Julio González

Fernando Marín salió corriendo un día de febrero de 1974 del castillo de Santa Catalina. Allí llevaba nueve encerrado en la prisión militar en dos etapas y no quería ni mirar para atrás. Su pecado fue negarse a hacer el servicio militar, algo que en tiempos de la dictadura era jugársela. El lo hizo por motivos religiosos como integrante de la comunidad de los testigos de Jehová. A sus 76 años sigue sin arrepentirse de lo que hizo: “Estaba convencido de que ésta era la forma de demostrar lealtad a mi Dios”.

El salmantino pero criado en Barcelona Ángel Sánchez entró en el recinto militar más o menos en la misma fecha. Su condena por las tres negativas a hacer el servicio militar sumaba los 15 años, de los que nueve estuvo en prisión y al igual que Fernando no lo lamenta: “Malos recuerdos no tengo más allá de la pérdida de libertad”.

Este martes ellos dos participaron en un acto organizado por el Círculo Europeo de Antiguos Deportados e Internados Testigos de Jehová. En el mismo se descubrió una placa en el castillo en recuerdo a los centenares de objetores de conciencia, testigos de Jehová, que cumplieron condena en el castillo, cifra que se calcula que llegó a los 300. Esta es la continuación de la exposición que estuvo abierta el pasado verano en el mismo castillo sobre este asunto.

El barcelonés Fernando Marín enseña en su móvil fotografías del castillo en el que tuvo que pasar encerrado varios años de su vida, un lugar mucho más inhóspito que el actual. Aparece como un sitio ruinoso, casi derruido, y con una humedad tremenda. A pesar de ello, recuerdan el compañerismo que había entre los presos, la organización que tenían casi como una familia, donde había unas tareas establecidas para cada uno. Además de estudiar la Biblia, pasaron su tiempo en los distintos talleres que había. Por ejemplo, Ángel hizo barcos en miniatura mientras que lo de Fernando fue la joyería.

Este barcelonés estuvo entre los primeros diez españoles que hicieron la objeción de conciencia. A él le tocó como destino Las Palmas. Cuando se negó a ponerse el uniforme y a recibir la instrucción en el acuartelamiento, le vino la primera condena. Curiosamente no lo mandaron a la cárcel, sino a un manicomio “porque pensaban que era una locura negarse a hacer algo así”. Estuvo unos meses hasta que un médico dijo que no estaba loco: “Me pidió disculpas porque por su intervención me sacaron del manicomio, en el que estaba bien, y me llevaron a la cárcel”.

Tanto en un caso como en el otro, tras la primera negativa los mandaron al Sahara, pero como seguían firmes en la objeción de conciencia, volvían a la cárcel, en este caso ambos a la de Cádiz.

De los mandos no tienen quejas, en unos casos recibían charlas para tratar de convencerlos, en otros la amenaza. Sin embargo, Fernando asegura que se ganaron el respeto: “A los militares se les presupone la importancia que le dan al valor y viendo que nosotros seguíamos firmes en nuestra decisión, vieron que teníamos valor y nos respetaron”.

Ambos se casaron estando en la cárcel y aseguran que en ningún momento fueron débiles “y como nosotros todos porque no hubo ni un sólo caso de arrepentimiento durante las condenas”, zanja Fernando.

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