Política, duelos y cuestiones de honor

Historias de Cádiz

Desafío a pistola entre los políticos gaditanos Istúriz y Mendizabal en los jardines de la madrileña huerta de San Isidro l Manuel Rancés hirió con sable a Antonio Ríos Rosas

Imagen de un duelo a pistola en el siglo XIX
Imagen de un duelo a pistola en el siglo XIX / Archivo
José María Otero

02 de enero 2022 - 06:00

El debate político, la necesaria confrontación entre las distintas opiniones políticas, alcanza hoy unos niveles inimaginables hace algunos años. Las descalificaciones personales y los insultos son algo habitual en la vida política y a nadie extraña hoy que los políticos se acusen mutuamente de faltar a la verdad, de abusar de su cargo o de apropiarse indebidamente de alguna cantidad de dinero. En alguna ocasión, estos insultos y descalificaciones terminan en los Tribunales de Justicia, pero en la mayoría de los casos quedan pronto en el olvido.

Hace algunos años , por el contrario, no ya el insulto, sino la simple duda sobre la honorabilidad de una persona podría llegar a tener graves consecuencias. Hasta bien entrado el siglo XX estos asuntos eran resueltos con el envío de los correspondientes padrinos para solicitar del ofensor una inmediata reparación o fijar las condiciones del duelo. Y ello pese a la condena de la Iglesia católica y a la consideración de delito en el Código Penal.

Uno de los duelos más célebres del siglo XIX estuvo protagonizado por los gaditanos Istúriz y Mendizábal y fue recogido por Galdós en uno de los Episodios Nacionales. Ambos políticos eran amigos pero algo distanciados por la política. Mendizábal ocupaba la presidencia del Gobierno y en una discusión parlamentaria, Istúriz afirmó que “no llevaba el cargo con la suficiente dignidad”. Esta simple frase motivó que Mendizábal enviara como padrino al general Seoane y que Istúriz designara como representante al conde de las Navas. Los padrinos no llegaron a acuerdo amistoso alguno y el duelo a pistola, a veinte pasos de distancia, quedó concertado junto a la ermita de San Isidro.

Mendizábal, presidente del Gobierno, dejó la tarde anterior todas sus ocupaciones para redactar cartas y arreglar algunas cuestiones personales. El duelo se llevó a cabo disparando ambos en dos ocasiones sin llegar a resultar herido ninguno de los dos. Istúriz, como ofensor, y una vez dejado clara su valentía personal ofreció explicaciones a Mendizábal y el lance quedó zanjado. Curiosamente, Istúriz sería designado presidente del Gobierno poco más tarde.

Otro duelo muy famoso tuvo por protagonista al gaditano Manuel Rancés, diplomático y periodista. Elegido diputado quiso destacar como parlamentario buscando un enfrentamiento con Antonio Ríos Rosas, veterano político y brillantísimo orador.

Ríos Rosas, temible polemista, no toleraba que se dirigieran a él en el Parlamento por su nombre de pila, exigiendo siempre el tratamiento de Señoría. El joven Rancés le interrumpió en dos o tres ocasiones llamándole ‘don Antonio’. Ríos Rosas, a la siguiente interrupción contestó al diputado gaditano:

- Cállese, mequetrefe, que le voy a dar un puntapié que lo voy a mandar al hemiciclo.

La respuesta del gaditano no se hizo esperar:

-Mi señor don Antonio. Ni yo soy un mequetrefe, ni usted me va a pegar un puntapié, ni el techo se llama hemiciclo.

El escritor y periodista Gutiérrez Gamero, en su libro de memorias “Mis primeros ochenta años”, relata que los padrinos de ambos políticos no pudieron llegar a acuerdo amistoso alguno y concertaron un duelo a sable en las afueras de Madrid.

Manuel Rancés, mucho más joven que su rival, consiguió herir en la cabeza a Ríos Rosas y los padrinos pararon el combate de inmediato. Ambos contendientes se abrazaron amigablemente. Lo más curioso es que ambos fueron posteriormente grandes amigos y que Ríos Rosas, a pesar de lucir para siempre una cicatriz en la cabeza, fue protector del gaditano Rancés.

Muchos años más tarde, en 1911, hubo otro lance en nuestra ciudad que acaparó la atención de la prensa, protagonizado por dos destacados miembros del Partido Liberal, Francisco Díaz, alcalde de Cádiz, y el abogado Juan de Vicente Portela.

Díaz, del sector de Canalejas, había enviado un informe a Madrid asegurando contar con el apoyo de todos los liberales de la ciudad. Portela, vicepresidente de la Diputación y del sector de Moret, replicó a dicho informe negando la unanimidad alegada por el alcalde, al que acusó de ‘impostura’ y ‘mezquindad’. Francisco Díaz, en su réplica, manifestó que cuando dejara la Alcaldía de Cádiz contestaría debidamente a su rival.

En efecto, el mismo día en que dejó de ser alcalde, Francisco Díaz envió sus padrinos a casa de Juan de Vicente Portela para que retirara los conceptos vertidos. Los padrinos de ambos políticos, tras numerosas reuniones, pudieron llegar a un acuerdo, levantando un acta en la que se expresaba que Portela no quiso ofender a Díaz y que las expresiones eran únicamente políticas.

El último lance de este tipo ocurrió en 1930. Los republicanos de Cádiz publicaron una nota acusando a Ramón de Carranza de actuaciones arbitrarias. Por error de imprenta solo apareció como firmante Francisco Arámburu, republicano y pariente de Carranza. El hijo del alcalde, José León, salió en defensa de su padre manifestando que no tomaba medidas más drásticas por la edad de Aramburu.

Emilio de Sola, jefe de los republicanos de Cádiz, salió en defensa de Aramburu asegurando que él había firmado también la nota y que la ratificaba en todos sus puntos. Los padrinos de Carranza y de Sola mantuvieron varias reuniones y acordaron finalmente que las expresiones de los republicanos eran políticas y no personales, por lo que Carranza debía retirar el reto lanzado. Así se efectuó y los padrinos levantaron acta señalando expresamente que la dignidad de Carranza y de Sola habían quedado intactas.

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