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SERVIDOR, que no es carroza aunque el chasis vaya camino de chapa y pintura, aún recuerda haber comprado de pequeño, de bastante pequeño, un chicle con diez perras gordas que juntas, me decía mi abuela, sumaban una peseta. Eso fue lo que me costó aquel chicle. La peseta, con la imagen de Franco estilizada o más abultada, según su fecha de fabricación, convivía con la perra gorda, con los dos reales, con el duro o con los cinco duros. Y los papás, los hombres de la época, llevaban más monederos que carteras porque los billetes de cien o de mil pesetas, los más usados, cabían dobladitos en un misterioso apartado de aquel monedero cuadrado que tanto olía a piel. Tampoco necesitaban más, porque los billetes no abundaban. Ahora, con arte, han fabricado en Ubrique la cartera más grande del mundo, que es tentadora, sin duda, pero que tiene menos futuro que aquella perra gorda tan humilde y socorrida.
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