La política como problema

09 de octubre 2012 - 01:00

CONFORME se agrava la situación económica crece el malestar social y, en paralelo, aumenta la desafección de los españoles hacia la política y sus protagonistas. Tiene toda la lógica: a los políticos se les exige diligencia en la solución de los problemas de los ciudadanos que los eligen -en ocasiones, incluso de problemas que no les competen- y no que se conviertan ellos mismos en un problema. Es lo que está pasando en España de manera insistente y reiterada. El barómetro de opinión que realiza regularmente el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) registra un notable incremento del nivel de desapego y malestar que los españoles sienten hacia la política. Hasta el punto de que en marzo pasado el sondeo reflejaba que un 18,1% de los ciudadanos citaban a la clase política y a los partidos como "el principal problema que existe actualmente en España" y en el barómetro de septiembre, conocido ayer, el porcentaje subió hasta el 26,9%. Por supuesto que los problemas económicos, y en particular el desempleo, continúan siendo el más relevante motivo de preocupación de los españoles, pero el sector de población que ya coloca en primer lugar a los políticos no ha cesado de aumentar. Precisamente la agudización de la crisis y la constatación de que la política no ofrece una solución visible a la misma es lo que está deteriorando, hasta el límite de la deslegitimación, la vida pública del país. Ni los líderes políticos como referentes a los que secundar, ni los partidos políticos como instrumentos de participación ni las instituciones como pilares básicos de resolución de los conflictos están respondiendo adecuadamente a las necesidades y demandas ciudadanas. Crece el abstencionismo y el desafecto hacia la clase política, cuya consideración como un colectivo homogéneo al que anatemizar es en sí misma una muestra de su deterioro conjunto e indiscriminado. Muchas cosas han de cambiar en su comportamiento, prácticas y actitudes para recuperar la imagen perdida y el papel nuclear que les corresponde en el sistema democrático, el menos malo de los conocidos.

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