la esquina del gordo

Francisco / Carrillo

¡Matad al loro!

20 de junio 2011 - 01:00

MATAD al loro. Nada que ver con Matar a un ruiseñor que dirigiera Robert Mulligan y que magistralmente interpretara Gregory Peck. Matar al loro es otra cosa, una necesidad tan perentoria como combatir cualquiera otra epidemia. Todas son peligrosas, pero esta, mientras que no la combatan desde la escuela, será igual que nacer con una herencia genética destructiva. No obstante, ya sea como consejo o como norma de obligado cumplimiento, si no se empieza por aniquilar a los loros poca credibilidad renovada van a tener los políticos entrantes.

Ya sabe que de forma coloquial, despectiva e irresponsable suele decirse: "¡Bah, es el chocolate del loro!" ¡Joder con el loro; si fuera sólo uno…!, pero en la situación en que estamos son tan amenazantes y peligrosos como los pájaros en la película homónima de Alfred Hitchcock, con la particularidad de que a todos estos loros hay que darles su ración de chocolate. Un país en donde sólo crece el empleo público, que ya pasa de los 3.500.000, a razón de setenta mil por año, ni es de fiar ni es país. Que haya 5.000.000 de parados, y que el 24 % de su economía sea sumergida son razones de peso suficiente como para pensar que los políticos, más que solucionar estos problemas, parecen los encargados de agrandarlos y perpetuarlos. Y cada día que pasa pierden sus oportunidades; llegará el momento en que los contribuyentes se nieguen a estar uncidos a la noria y salten por peteneras. Es de temer. El ejemplo ya lo tiene en las concentraciones de "indignados" que no hay forma de desalojarlos porque hasta las leyes de orden público se las pasan por sus impotentes cataplines aquellos que debieran hacerlas cumplir. ¿Serían capaces de reaccionar ante una insumisión fiscal? Pues eso, a hacer puñetas el estado de derecho.

La ventaja de los países viejos es que nada de lo que les ocurra les coge de nuevas; el inconveniente es que no aprenden nunca de la historia. España, grandezas aparte, en la actualidad más parece cubeta vacía que se precipita en un pozo tropezando con las paredes. Es decir, ruido para las generaciones de jóvenes actuales que creen que los bocadillos nacen en los frigoríficos de sus casas e, incluso, que los frigoríficos se suministran gratuitamente gracias al estado del bienestar que, dicen, disfrutamos.

Al margen de los políticos caben dos interpretaciones: o falta de escuela primaria o revancha de los padres. En la primera opción se ve el divorcio que existe entre información y formación, con el agravante de la distorsión que las televisiones prestan. En la segunda porque los padres han perdido el sentido de la protección necesaria para sus hijos, que no es mantenerlos en brazos de por vida, sino inculcarles que nada es gratuito, que todo debe conseguirse con esfuerzo personal, sobre todo ahora, cuando se está demostrando que el susodicho estado del bienestar es una estupidez vinculada a los programas electoralistas, un señuelo donde sólo pican los incautos, los vagos y los que aspiran vivir eternamente amamantados por la gran teta; los que no quieren vivir su propia vida, ni saben asumir sus riesgos; los que prefieren la dependencia a la libertad; los que prefieren las subvenciones sin admitir que son limosnas; los que, en fin, forman parte pasiva de los loros que aspiran a vivir del chocolate público, (todos los que pertenecen a los loros activos -es un decir que haya alguno-, ya se encargan de que no se acaben sus canonjías). Ya ve, con el aumento de 70.000 por año, a ver.

Y lo peor es que cada cuatro años desaprovechan las oportunidades, caso de que se plantearan en serio aprovecharlas. Cualquier cosa menos ajustar las cuentas al céntimo. Sólo a los contribuyentes se las ajustan mientras los loros siguen pidiendo chocolate. A ver cuándo los matan de una puñetera vez.

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