Verano

Flamenco para todos los públicos

  • Cada jueves el Baluarte de la Candelaria se convierte en punto de encuentro de aficionados, curiosos, foráneos y locales que quieren convertirse en testigos de una velada de jondo

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Irene clama por una mesa. Desde las sillas del fondo, donde sus abuelos han decidido sentarse, la pequeña divisa una mesa vacía, la única de todo el Baluarte. "¡Vamos allí, corre, que no hay nadie!". Lo de corre parece ironía. La abuela lleva un par de muletas y el abuelo cara de pocos amigos.  Ni se molestan en contestarle. Irene se enfurruña toda. Cruza los brazos sobre el pecho en un gesto típicamente infantil, muy adecuado a su edad, y se sienta con los morros contraídos hacia fuera. Está cabreada y quiere hacer su enfado visible. "Venga, tonta, que aquí, bajo este techito se está mejor, no hace relente", la intenta convencer el abuelo, ya más relajado. "Pero es que...". "Shhh -la corta- calla que va a empezar". El Baluarte de la Candelaria se oscurece. Se hace de noche sobre la noche. Es el tercer Jueves Flamenco, el primero del mes de agosto, el primero también en el que la fortificación registra casi el lleno. 

 

La luz se apaga y cuando Pepe Cía presenta a la primera artista de la noche, los abuelos cruzan una mirada cómplice, se levantan y se dirigen junto con la sonriente Irene a su ansiada mesa.    

 

Sevillana de voz profunda. Alicia Gil se planta en escena con un vestido preñado de volantes que se agitan al compás del viento en calma. Lito la acompaña al toque con más empeño que soltura pero la cantaora rompe el hielo resuelta. El aire hace su trabajo. No sólo revoluciona el traje de la artista, también disloca las narices del auditorio con el aroma a filetitos y cazón en adobo. En las mesas, más de cuarenta, corre el vino y las medias raciones. En los Jueves Flamenco se escucha, se bebe y se come. Buen maridaje de jondo y fondo. 

 

Las chicas y chicos del catering hacen su trabajo  con profesionalidad. Apuntan comandas, traen y llevan bandejas casi como fantasmas. Apenas se les ve, apenas se les escucha. Mandan los tientos-tangos, la soleá y las bulerías que Alicia pregona desde la escena enmarcada en unas puertas de tierra de cartón-piedra violada por una guitarra flamenca, es decir, el escudo de la peña Enrique el Mellizo, organizadora de la cita, en tamaño bien grandote.

 

Desde las sillas, esas que abandonaron la pequeña Irene y sus abuelos por el lujo de la mesa y mantel, se contempla tanto el espectáculo oficial como el espectáculo humano. Esa gran obra de teatro que resulta del conjunto de los aficionados, curiosos, locales y foráneos que acuden como espectadores. Algo fascinante. 

 

Los socios de la peña se suelen situar en las primeras mesas, al igual que los invitados especiales; los cabellos dorados y las pieles asalmonetadas delatan a los extranjeros que acuden al calor de la pasión flamenca, algunos por afición, la mayoría por curiosidad o como parada en una velada de perfecto typical spanish; turistas nacionales; gaditanos con aires flamencos; gaditanas que ya no se hacen tirabuzones sino complicadas trenzas de raíz y marcados de peluquería; artistas que vienen a ver a otros artistas; niños que corretean; hippies y pijos que casi se rozan... Los Jueves Flamenco todo lo une. Cosas del cante y de la fiesta.

 

"Malas puñalás le den a una botellita sin vino y a una cama sin mujer", entona por bulerías Cayetano Fernández, Nano de Jerez, veterano cantaor habitual en esta gala flamenca. El segundo artista de la noche. Cómo brillan las estrellas ahora que todo está a oscuras... "Malas puñalás le den a una botellita sin vino y a una cama sin mujer", el cante por Jerez nos saca del misticismo que te envuelve cuando miras al cielo. Todos ríen y alguno que otro mira su vaso y lo rellena (lo de la cama ya es otro asunto...). "Lo verde le pega al campo...". Nos encantan sus letras. La actuación de Nano es agradable pero tremendamente fugaz en comparación con otros años, cuando deleita al respetable con su habitual Bombero, y cuando se deshace con más detenimiento en el cante. Esta vez lo escuchamos por tangos, por fandangos (bastante mejor), por bulerías y por soleá, que dedica "a Encarna y Fernando, que hoy me han invitado a comer a su casa. Mañana estoy allí otra vez". Este señor es un crack. Siempre se lleva al público en el bolsillo. Tanto por su ánge como por su compás. La vueltecita que se pega, chaqueta al hombro, en el cante de su tierra lo corona. Hasta Pascual de Lorca, el magnífico maestro que lo escolta a la sonanta, se sonríe.

 

De todas formas, el público no está demasiado animado. Falta sangre, sobra silencio. Quizás allí adelante se jalea más. Que va. El ambiente está algo frío aún. Pero pronto se remediará...

 

Samuel de los Santos tiene la piel oscura, el pelo azabache y 16 años que no corresponden a su voz de fragua. Pepe Cía lo presenta con especial cariño, lee una semblanza escrita por el propio chico y "personalmente" recomienda que lo escuchemos con atención. Aunque no me termina de convencer esa manera de calentar al público, después de los dos primeros cantes de Samuel nos damos cuenta que Pepe no ha exagerado ni un poquito si quiera. 

 

Soleá, alegrías, seguiriyas y bulerías le valieron para decir 'aquí estoy yo' cogiendo desprevenido a buena parte del público que, esta vez sí, terminó de ambientarse en la noche flamenca. La voz oscura y pura del joven chipionero rompía como la ola atraviesa la roca. Balbuceos hermosos y jondura en los ayeos le valieron la conquista. Buena madera, buen metal. Juventud en las maneras (normal, por otra parte) pero seriedad en el contenido. Niño de Pura, al toque, también estuvo magnífico. El respetable también se lo reconoció con sus aplausos.

 

Una pareja se arrulla en el descanso; una familia se va, ya son más de las doce y los niños están cansados, escuchamos que la madre le comenta a una amiga; una reunión al fondo comenta lo visto hasta ahora... Los quince minutos se pasan volando. Sobre todo para quien aguarda su turno en la interminable cola de los cuartos de baño. La barra situada a la derecha del Baluarte está a reventar. Salen pinchitos y bocadillos a tutiplén. También alguna cervecita. 

 

Lidia Cabello y su grupo se encuentran con un auditorio entregado, quizás con algo de menos gente, pero volcado. La bailaora lleva bien el traje diseñado por Eva Zamorano y el capote cedido por el torero Fran Gómez. La soleá por bulerías reina en el lugar con la voz emocionante de Raúl Gálvez, uno de los cantaores del cuadro.

Mariana Cornejo ya está en la trasera, a buen seguro, calentando voces en el ambiente mágico del atrás del escenario. Cuando la artista sale al tablao, sería la última de la noche, continúa el buen ambiente aunque ya se notan algunos claros entre el público. Me asomo con disimulo. Irene y sus abuelos aún están en la mesa. 

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