Ciencia Abierta

El legado de Punset

  • Abogado, economista, empresario, profesor y sobre todo político, fue el personaje que abrió el camino a la divulgación

Julio Grosso, autor del texto, en Barcelona junto a Eduard Punset durante el mes de septiembre de 2015. Julio Grosso, autor del texto, en Barcelona junto a Eduard Punset durante el mes de septiembre de 2015.

Julio Grosso, autor del texto, en Barcelona junto a Eduard Punset durante el mes de septiembre de 2015.

En relación a países como Inglaterra, Alemania o EE UU, la divulgación científica española ocupa todavía un espacio marginal en todos los medios de comunicación. La información científica es minoritaria y los periodistas científicos prácticamente han desaparecido de las plantillas de los medios tradicionales. Salvo contadas excepciones, como Ciencia Abierta, la ciencia tiene escasa cobertura diaria en la prensa, la radio y la televisión españolas de ámbito nacional, regional y local, a pesar de los esfuerzos realizados durante las últimas décadas desde universidades, empresas y centros de investigación españoles para la difusión de sus trabajos y sus logros científicos.

Divulgar la ciencia no ha sido nunca una tarea fácil y tiene unos problemas específicos. Pero, la ciencia en televisión es una misión mucho más compleja, que tiene unas dificultades especiales. En primer lugar, por la propia naturaleza y los factores condicionantes del medio televisivo: la complejidad técnica de la televisión, la atención dispersa, la necesidad de entretener y de hacer espectáculo, la tentación del zapping, la tiranía de la audiencia, las tendencias del mercado, los intereses comerciales o el contexto cultural del receptor, entre otros.

Los resultados de las investigaciones científicas son, por lo general, abstracciones de un alto nivel de complejidad, que son comprendidas por un limitado número de personas, los científicos. Y el público televisivo es por naturaleza extenso, universal y heterogéneo; no suele poseer la cultura científica ni las herramientas para traducir dichas abstracciones y tampoco es capaz de ver la utilidad de las mismas en su vida diaria. Tampoco está dispuesto a realizar esfuerzos.

Además, existe una dificultad añadida en el modo secuencial en que se produce la lectura del lenguaje televisivo, donde, normalmente, el espectador no retrocede para revisar el programa. El ritmo de lectura, que es marcado por el guionista y el realizador, funciona también como un filtro. Si es rápido, se hace selectivo y los espectadores menos formados comienzan a descolgarse. Si es demasiado lento, los espectadores de mayor nivel comienzan a perder el interés.

Es decir, mantener a un telespectador medio, atento y receptivo a un programa de divulgación científica, aunque solo sea durante 25 minutos, y pretender además que haga un esfuerzo para comprender esos conceptos abstractos, parece hoy un reto cada vez más difícil de alcanzar.

A pesar de todo, la divulgación científica en televisión es una gran oportunidad que no debemos desaprovechar. Ni los científicos, ni los periodistas, ni la propia ciudadanía. La televisión es aún el medio de comunicación masiva por excelencia, el que más implantación, penetración y repercusión social tiene en todo el mundo. Una audiencia residual de 200.000 telespectadores equivale a cientos de conferencias científicas y talleres divulgativos. Y más allá de divulgar, los programas de televisión pueden, sobre todo, motivar y despertar el interés del gran público por la ciencia. Incluso, deben ayudar en la creación de nuevas vocaciones científicas entre los jóvenes.

Supo colocarse a medio camino entre el periodismo y la divulgación científica

En este contexto, el caso de Eduard Punset y su programa Redes (TVE, 1996-2013) es realmente excepcional dentro del ámbito de la divulgación científica. Punset no era un científico divulgador. Ni un periodista científico. Abogado, economista, empresario, profesor y sobre todo, político, logró, gracias a su carisma y a su agenda de contactos, remover los cimientos de la comunicación social de la ciencia en España durante más de 20 años.

Punset supo colocarse, hábilmente, a medio camino entre el periodismo y la divulgación científica. Pero no fue un divulgador científico en sentido estricto. Primero, porque no tenía formación académica en ningún campo de la ciencia o la tecnología: era licenciado en Derecho con un máster en Economía. Y segundo, porque tampoco fue un científico dedicado a la divulgación, como por ejemplo, el paleontólogo Juan Luis Arsuaga.

Punset fue Redes. Y Redes fue Punset. El programa de televisión le permitió al veterano político una nueva vida como divulgador científico y la posibilidad de convertirse en un personaje popular a la vejez. Gracias a su fuerte personalidad y a una eficaz estrategia de marketing, Eduard Punset consiguió reinventarse con éxito a los 60 años, a través de su programa. Y llegar a ser no solo un icono de la divulgación científica, sino un personaje mediático, que el gran público aupó, finalmente, a la categoría de celebridad, querida y respetada por la mayoría.

La clave del éxito de Punset estuvo en crear un personaje entrañable, un sabio despistado, entre carismático y excéntrico, con el pelo blanco como la icónica cabellera de Albert Einstein, y el acento catalán, que hacía unas preguntas larguísimas a sus invitados y tenía la extravagancia de doblarse a sí mismo cuando entrevistaba en inglés. Un personaje peculiar que se paseaba con sus libros y frases célebres por los platós de televisión y aceptaba de buen grado toda clase de parodias e imitaciones.

Su gran logro, llevar el mensaje de los más relevantes científicos a la cultura popular

Pero, Eduard Punset fue también un presentador entusiasta, que logró contagiar su fascinación y curiosidad al espectador interesado y que fue capaz de arrastrarlo a los centros de investigación y al interior de los laboratorios. El espectador de Redes encontraba en él, por un lado, su particular cicerone en el mundo científico y por otro, un alter ego a la hora de preguntar a los grandes científicos por sus respectivas especialidades, pero también por otras cuestiones y preocupaciones comunes del ser humano, como el amor, la felicidad o el envejecimiento.

A pesar del importante déficit de cultura científica que arrastra la sociedad española y de las dificultades de la ciencia en televisión, Eduard Punset supo adaptar en España el perfil del divulgador anglosajón, al estilo de David Attenborough o Carl Sagan. Su gran logro fue llevar durante 18 años seguidos el mensaje de los científicos más relevantes a la cultura popular. Creo que debemos estarle sumamente agradecidos. Redes nos hizo sentir más inteligentes. Metió la ciencia en nuestras vidas. Y Punset abrió el camino a la divulgación. No es poco.

Julio Grosso Mesa es profesor asociado de la UGR, autor de una tesis sobre Eduard Punset.

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