Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
"A lo primero, la ley no era como ahora...", decía Juan Lobón, el protagonista de la novela de Luis Berenguer. "Soy cazador como lo fue padre y lo fue abuelo y toda mi sangre desde que se recuerda…". Sonaba honda y clara la prosa de Berenguer, de quien este año celebramos su centenario. Y sonaba el paisaje en las páginas de sus novelas. A viento atravesando encinares, a tormentas afiladas y silencio de lechuzas. También olían sus libros a madera de acebuches y algarrobos y a lluvia que empapa la tierra. Leyendo sus páginas podemos caminar por mapas de materia literaria y memoria, pero que reconocemos perfectamente en la realidad. Ese mundo que creó Luis Berenguer para Juan Lobón en el que adivinamos dónde está la Zarza, el Cabrahígo y el Tarajal; el Molino, y el Pozo Amargo, los lentiscos cercanos a la Casa del Fraile donde el Berrocal, el Arroyo Seco, el Charco Verde y el Coto del Francés. Esos paisajes apretados y limpios, con sembrados y barbechos, Hazas de la Suerte, cotos, vedados y entrepanes. En la literatura de Luis Berenguer sonaba el paisaje pero también las personas, porque tenía oído para escribir y reproducía el habla andaluza con sus giros y refranes. Berenguer, aunque nacido en Galicia, supo adentrarse en el bosque del lenguaje andaluz. Reconoció e hizo suyo el donaire en el decir, el aire fresco y nuevo de las palabras viejas. El autor de El mundo de Juan Lobón nos mostró en sus novelas un documento literario de primer nivel, una narrativa de exquisita calidad, paisajes y personajes inmortales porque siguen estando absolutamente vivos como sólo ocurre con los grandes clásicos.
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