Miradas de pasión

Lo mejor de la Semana Santa es fijarse en todos estos detalles, en un cúmulo de miradas

Isleños, en la Iglesia Mayor, haciendo fotos a los pasos de las distintas hermandades.
Antonio Campos

20 de marzo 2016 - 01:00

DICEN las leyes de la Física que el tiempo sólo puede discurrir hacia delante. Que por más que nos empeñemos, el pasado no tiene billetes de vuelta sino recuerdos. Como si cualquier mirada atrás fuese un desquiciado desafío a esta gravedad que se mide en horizontal. A un lado, las estampas del ayer que se dibujan en color sepia y, al otro, el presente de nuestros días viendo sombras de capirotes a lo lejos. Y así quedamos atrapados entre las dos cosas que más preocupaban al poeta: el instante y la eternidad.

El tiempo, se dice, sólo puede discurrir hacia delante. Pero hay algo que lo contradice. Algo tan antiguo como el tiempo al que retrocede. Aquello que, a cada año que pasa, se clava inmisericorde en la memoria de todos, como si tener conciencia nos hiciese asistir a un sismo de recuerdos. Un sueño divino tras ese suspiro que se nos escapa cuando… o ese misterio cuando vemos aquello que… Y así se pasa la Semana Santa. Y así viene a nosotros la Semana Santa. Y en el misterio de un instante, vivimos la eternidad.

La estampa de este tiempo que ahora se abre a nuestros ojos no es una fotografía más. Es un grito silencioso en la pared de la memoria de La Isla. Una fotografía que anuncia la profundidad de una fiesta que nos ancla a las raíces de la nostalgia y el silencio, de la verdad y el arte.Donde los sueños se derraman como cera ardida por ese cirio de quien camina penitente por las callejuelas de los ritos y en las aceras desgastadas de la vida.

Desde hoy, la ciudad se retrata a sí misma mirándose en el espejo y reflejando la imagen que mejor la define durante un tiempo; regalándonos ese preciso instante que le da sentido a la penitencia de todo un año. En estos días, el vestir penitente se convierte en un encierro voluntario para que los ojos abran al mundo a través de dos rasgadas cerraduras.

Durante una semana, buscaremos el emocionado perfil de esa verdad entre una maraña de capirotes y pies descalzos. Las pruebas fehacientes de quienes no se esconden en el barroco de las cosas. Buscaremos la sencillez y la autenticidad. Porque, realmente, en el penitente encontraremos el camino en el que se resume toda la verdad de la Semana Santa. No; nada de esto es un simulacro de fervor. La Semana Santa no se contempla. No se mira. La Semana Santa no se ve: se vive por dentro, en esos templos abiertos al relente de la noche y el dolor. Al recuerdo de quienes ya no están y de quienes vendrán. Es la otra Semana Santa, la de las ausencias como espadañas que se clavan en nuestra memoria por el camino más corto.

La Imagen, con mayúsculas, está en los pasos. Pero las imágenes con alma están entre las miradas del público, entre quienes esperan y entre quienes participan del cortejo de una cofradía. Ellos son quienes reflejan en sus miradas el alma de una ciudad. Por eso, durante unos días, todos soñaremos con ser ese penitente que en un trayecto de cinco, seis u ocho horas habrá visto ojos llenos de tantas lágrimas como las suyas; penas que clavan su aguijón como escorpiones en los caprichosos avatares de la vida; anhelos intransitables por el camino cuesta arriba de los sueños; peticiones como llagas abiertas en las bocas cerradas de quienes nada tienen… y nada esperan.

A través de los ojos del antifaz penitente se siente vértigo. Se siente vértigo porque se observan miradas absortas, suplicantes… En esa mirada hay emoción contenida. Hay ruego esperanzado. Hay alegría por el reencuentro en la calle. Pero también hay dolor por el signo de la cruz sobre su cuerpo. Por los ojos del antifaz penitente uno es partícipe de un universo de sensaciones contenidas.

De manos que se escapan para rozar un respiradero. De voces que piden, en silencio, consuelo y protección. Y nosotros… nosotros nos reflejamos en esos ojos, en esas manos y en esas voces.

Lo mejor de la Semana Santa consiste en muchas ocasiones en fijarse en todos estos detalles. En un cúmulo de miradas. Una sucesión de ojos que la miran desde dentro o desde fuera.

Miradas primitivas, fugaces. Como la vida. Como el mundo. El penitente mira a Dios y Dios le devuelve la mirada. Rasgándole la retina, con miradas que se clavan por dentro. Uno mira a Dios y se reconoce en esa imagen que le sigue mirando, que fija sus ojos en los nuestros.

Miramos como la forma más pura de vivir. A través del antifaz. Miramos desde la ilusión y desde el asombro, con los ojos de un niño, tras ese antifaz legado de nuestros ancestros.Miramos y, en Semana Santa, es la ciudad la que nos reconcilia, por unos días, con nosotros mismos.

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