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100 años sin el Dr. Thebussem

  • Se cumple un siglo de la muerte de Mariano Pardo de Figueroa y Sendra

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100 años sin el Dr. Thebussem

El 11 de febrero de 1918 fallecía Mariano Pardo de Figueroa y Sendra, más conocido como el Doctor Thebussem en su pueblo natal, Medina Sidonia. Aunque hayan pasado cien años desde su fallecimiento, ni su figura ni su legado se extinguieron. De hecho, sigue siendo uno de los personajes ilustres que ha dado la provincia de Cádiz. Nació en 1828 en una acomodada familia asidonense que hundía sus raíces en la gaditana plaza Gaspar del Pino. Recibió una educación esmerada y estudió inglés, francés e italiano. La economía familiar le permitió estudiar Derecho en Sevilla y Granada, doctorándose en Madrid. Viajó por Europa y África, quedando especialmente impresionado por Londres y su cultura. Con 35 años retornaría a su pueblo natal y prácticamente no volvió a salir de él. Hijo en una familia numerosa, con tres hermanos en la Armada y otra hermana, dedicó gran parte de su vida al cuidado de su padre. Físicamente se le describía como "alto, y casi seco, patillas de chuleta, chaquetón con alamares de la tierra baja, palabra gutural y un tanto ceceosa, continente andaluz de simpático aspecto, y en fin, un mozo a quien daban intenciones de preguntarle por su amo". A pesar de ser considerado en Madrid como un "hidalgo andaluz", renegaba de los tópicos del andalucismo.

Ejerció la abogacía por corto espacio de tiempo. Catalogado como escritor, polígrafo, periodista, gastrónomo y crítico taurino (aunque reconocía que apenas sabía de tauromaquia tras recibir un brindis por Mazzantini en la plaza de Cádiz), siempre se le recordará por su humor. Su invención del Castillo de Cigarra era una forma de divertirse con la credulidad de sus amistades en la distancia. Tal castillo (repetido hasta en su membrete postal) era pura fantasía, a diferencia de la muy verídica huerta de la Cigarra asidonense. Gracias a su confortable economía, pudo dedicarse a lo que le apetecía: escribir, pasear hasta su huerta y leer las novedades del mundo desde su casa.

Era de Medina Sidonia y fue escritor, polígrafo, periodista, gastrónomo y crítico taurino

Le recordamos por sus extravagancias pero desempeñó un importante papel en diferentes campos. Acuñó el término "cervantófilo" ("devoto de Miguel de Cervantes o coleccionista de ediciones de las obras del escritor"). Y es que Mariano Pardo (junto a su amigo Adolfo de Castro) provocaron un renacimiento del cervantismo. Los anagramas Doctor Thebussem, Barón Tirmenth y su oponente señor M. Droap (Doctor Embuste, Barón de Mentir y señor M. Pardo) fueron los pseudónimos para dos personajes ficticios que, a través de epístolas y réplicas, posibilitaron que Cervantes volviese a ser objeto de culto. I

nteligentemente, supo captar la atención del público a través de la disputa literaria de estos imaginarios hispanistas alemanes. Pero si fue fructífera su travesura cervantista, no fue menor su éxito en el mundo filatélico: fue el primer editor de tarjetas postales (cartas-postales) que hubo en España. Extraordinaria fue su importancia en el mundo de la gastronomía española al revalorizarla. Consiguió que la familia real incluyese platos españoles en los menús de gala así como la traducción de los nombres. Creador de la crítica gastronómica, Melquiades Brizuela figuraba entre sus amistades y era temido por los cocineros de toda España. Fiel a su personalidad excéntrica, tenía la costumbre de llevarse un plato de cada almuerzo en que era invitado (incluyendo platos de la vajilla real). Y es inevitable recordar su opúsculo sobre "Los Alfajores de Medina Sidonia" que es símbolo asidonense.

Soltero, erudito, adinerado, conservador, asiduo del balneario jiennense de Marmolejo (por problemas estomacales), cazador, pescador, bibliófilo ("No hay libro inútil"), coleccionista, epistológrafo sobre cuestiones muy variadas (cervantismo, filatelia, gastronomía, Derecho, tauromaquia, Historia, ex-libris, hacienda, etc.), fue reacio a aceptar condecoraciones que bien pudo obtener gracias a sus amistades. Las únicas distinciones que aceptó fueron la de ser el primer cartero honorario de España y las Indias (con uniforme y sin sueldo), así como ser investido caballero de la Orden de Santiago junto a sus dos hermanos (en la iglesia de Santiago de Medina Sidonia). Fue académico de la Real Academia de Historia (a la cual envió su retrato para asistir en efigie), de la de Buenas Letras de Sevilla y miembro de diferentes entidades extranjeras, presidente de la Sociedad del Arte Culinario de Madrid y miembro de la sociedad gastronómica y de cocineros de Londres.

En su producción no faltaron los artículos en numerosas cabeceras de la prensa de la época. Con ocasión del cincuentenario de Diario de Cádiz, felicitaba así al periódico: "Creo que merece repetidos aplausos el fundador del importante y afamado Diario de Cádiz. A las muchas ovaciones que se le dirijan agregaré yo por mi cuenta que la gran importancia del periódico, se funda en el despectivo silencio con que siempre ha tratado a la farándula política". Realmente no le interesó la política y famoso fue el sainete que organizó, en 1893, tras obligar a la Guardia Civil a que lo llevase por todo el pueblo con los brazos atados simulando ser un preso y simular un desmayo para librarse de ser alcalde de Medina (esta ocurrencia se la contaba él mismo a su amigo Federico Joly Diéguez).

Muchas de sus extravagancias son conocidas (como la de ordenar encalar la pared de la casa frente a la suya o la de poner un tarugo de madera en el zaguán para advertir si estaba en casa o de paseo). Su desahogo económico le permitía editar en su sótano las obras que escribía y regalaba a sus amistades. Las pocas obras suyas que fueron editadas comercialmente siempre tuvieron buena venta. Ingente es el número de sus obras facticias que dejó tras su minuciosa labor de recopilar folletos, cartas, manuscritos, opúsculos, tarjetas, etc. Una muestra de su interesante correspondencia la tenemos si citamos como sus destinatarios a Menéndez Pelayo, Benito Pérez Galdós, Antonio Peña y Goñi, Mariano de Cavia, Asenjo Barberi, Melquíades Brizuela, Fernán Caballero o Juan Hatzenbusch. Eclipsado por sus anécdotas, no se nos debe olvidar que fue un erudito y un buen investigador. Probablemente, su estilo de escritura irónico fuese confuso para sus contemporáneos. También fue un crítico furibundo de la manía -constante- de cambiar los nombres de las calles y escribiría su opúsculo Piratería Callejera denunciando la incomodidad de esta costumbre. Sin embargo, la propia calle Tapia de su domicilio sufriría este mal al pasar a ser renombrada como "Doctor Thebussem".

Su primer biógrafo recibiría el 3 de octubre de 1917 una tarjeta postal del Doctor Thebussem que decía: "Queridísimo Juanito, mil gracias por la papeleta mortuoria con que usted me obsequia, y que viene con gran oportunidad, porque anoche recibí los últimos Sacramentos. Vaya mi último abrazo". Murió Mariano Pardo de Figueroa -Thebussem- hace cien años tras incorporar a su colección de recordatorios mortuorios el enviado por el Conde de las Navas.

Su fecunda y curiosa obra precisa una revisión. Como mínimo, merece la de sus paisanos de la provincia de Cádiz, cervantistas, filatélicos, gastrónomos, literatos, bibliófilos, taurinos, curiosos empedernidos y lectores porque tienen una deuda con Thebussem. Este año podemos acercarnos a Mariano Pardo de Figueroa dado que muchos manuscritos y obras suyas se encuentran en la Fundación Federico Joly Höhr. Nunca deja de sorprender y divertir aunque hayan pasado cien años.

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