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Tribuna

eSTEBAN fERNÁNDEZ-hINOJOSA

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Míticamente correcto

¿Es el conocimiento científico contrario a los mitos que han sostenido las civilizaciones? ¿Hay alguna mesa común a la que sentar juntos la esperanza y el conocimiento científico?

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Míticamente correcto / rosell

Los relatos míticos conservados durante tiempo inmemorial, que han fundado el orden moral, la cohesión y la creatividad de las grandes civilizaciones, tienden al olvido en la memoria contemporánea. El carácter sagrado de las viejas nociones del cosmos y del origen de la humanidad no satisficieron las expectativas de la mentalidad científica y, como castillo de naipes, cayeron de nuestras realidades psicológicas. Eso no ha sido inocuo: los mitógrafos han mostrado los desequilibrios psíquicos en culturas primitivas colonizadas por la civilización del hombre blanco. Ahora es ésta la que soporta una sobrecarga de incertidumbre introducida por las "verdades" científicas que han desvelado los secretos de los espacios siderales allende las siete esferas, o los de las moléculas eternas. Las maravillas del universo suscitan asombro y respeto, pero también un paradójico malestar que se manifiesta con crecientes trastornos mentales conforme aumenta la complejidad de la civilización. El ostracismo de aquellas narraciones quizá haya lastrado las ilusiones que sostienen la vida, como señalaron Ibsen o Nietzsche. El ciudadano moderno, que necesita colmar su corazón, cree encontrar en las ideologías materialistas verdades últimas. Pero como apuntan los pensadores de la cultura, "las fuentes de entusiasmo no están ahí". Inventar mitos políticos conduce a tutelar ciudadanos y convertirlos en siervos que acaban mirando con arrobo a sus caudillos.

¿Es el conocimiento científico contrario a los mitos que han sostenido las civilizaciones? ¿Hay alguna mesa común a la que sentar juntos la esperanza y el conocimiento científico sin que falsos conflictos de intereses estorben al sentimiento de unidad? Son cuestiones fundamentales en un mundo abrumado por los desafíos globales. Si las mismas historias que se pierden en la noche de los tiempos se han contado en lugares distantes y culturas distintas, cabe interpretarlas, más allá de su valor sagrado o histórico, como figuras universales de la imaginación humana. Un día comprenderemos de modo científico la naturaleza de esos símbolos míticos, que señalan valores profundos y unen a nuestra especie, y puede que entonces la crítica a sus rasgos arcaicos no pierda de vista las necesidades humanas que en realidad representan. El conocimiento positivo no es incompatible con el aprecio y comprensión del mundo simbólico interior. Esa amnesia es un tema que desarrolla la mitología: olvidar es un signo sacrílego, una suerte de muerte espiritual, y a la víctima hay que recordarle su identidad. Sirva de ejemplo la parábola del Hijo Pródigo, en la que éste olvida sus raíces en la búsqueda inconsciente de mundanidad. El mismo simbolismo aparece en la imagen de la "reminiscencia" de Platón, donde el alma olvida su verdadero origen, o en los mitos griegos e hindúes y en los cuentos de hadas en los que la heroína o el héroe olvida sus obligaciones. A diferencia de estos últimos, las parábolas no suelen tener un final feliz, pero iluminan dilemas complejos de la existencia humana. Aristóteles y Aristarco conocen que la Tierra es una esfera en órbita alrededor del Sol, Eratóstenes calcula la circunferencia de ésta e Hiparco el diámetro de la Luna y su distancia a la Tierra (siglos III y II a.C.), pero con el cierre de las escuelas paganas griegas (siglo VI d.C.) se retrasa unos mil años el desarrollo de la ciencia. A partir del siglo XIX, con las estructuras políticas occidentales emancipadas del fundamento trascendente, la ciencia y la máquina -las grandes aportaciones de la civilización occidental- retoman el rumbo y logran un crecimiento exponencial sin precedente. La secularización no puede ni debe trabar la expansión de la ciencia, cuyo dominio comienza ahora a profanar misterios como los del patrimonio genético de la humanidad, a riesgo de que, contra la extralimitación de los hombres, "la divinidad lance sus dardos desde el cielo", en palabras de Heródoto. Las narraciones míticas, que sondean las profundidades a las que cada noche descendemos durante el sueño, alumbran secretos que laten en esos estratos de nuestro espíritu, y sin necesidad de quedarnos varados en sus esquemas arcaicos de pensamiento, pueden conciliar las fuentes de vitalidad con lo más instintivo de nuestra especie. Entramos en una era de incertidumbres que necesita como agua de mayo, además de una ética que aporte luz al uso del arsenal tecno-científico, revisar aquellas sabidurías -conocedoras de la diabólica división de la condición humana- que guíen la sempiterna, arquetípica y universal fantasía de nuestra locura a formas de vida más ricas y gozosas, y encuentre los túneles perdidos que comunican la belleza con el bien y la verdad, so pena de conseguir transformar el mundo en un manicomio sin fronteras.

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