Tribuna

Fernando castillo

Escritor

El Encubierto, el Pastelero y demás ralea

El Encubierto, el Pastelero y demás ralea El Encubierto, el Pastelero y demás ralea

El Encubierto, el Pastelero y demás ralea

Para los de mi generación, la historia estudiada en el Bachillerato todavía tenía mucho de narrativa, de novela del pasado, de relato de tintes más literarios que analiticos, algo que a pesar del déficit de rigor y de interpretaciones un tanto fantásticas o, como ahora, tendenciosas, nos la hacía tan atractiva que a algunos nos envenenó la imaginación para siempre. Los principales hechos del pasado y sus protagonistas más destacados -no había lugar aun para la historia de la vida cotidiana, de las mentalidades, de la economía, ni de los grupos sociales- aparecían como asuntos y personajes de novela, de manera que los galdosianos Episodios Nacionales o la Historia de dos ciudades de Dickens nos resultaban tan cercanos y estimulantes como los personajes infantiles que enumera el cantante Sisa en la memorable Qualsevol nit pot sortir el sol, algo así como la versión cantada de La infancia recuperada de Fernando Savater. De la misma manera que Sisa, podía hacerse una lista, siempre son imprescindibles las listas desde Homero, de los tipos misteriosos, aventureros, impostores y conspiradores oscuros de nuestra historia. Ahora, por razones de espacio, tiene que ser una cosecha limitada, aunque tenga algo de gran reserva por la categoría de los integrantes. Se puede encabezar por quien ostenta uno de los apodos más folletinescos de la historia de España, el Encubierto, sin olvidar a los no menos interesantes Pastelero de Madrigal, al Duende de Palacio, el extraño Tío Pedro o, por qué no, Abén Humeya y su primo Abén Aboo. No es de extrañar que algunos de ellos inspirase al Dumas español, el sevillano Manuel Fernández y González, para quien José Zorrilla hizo de negro o, si prefieren, de ghost, y a autores románticos como el dramaturgo chiclanero Antonio García Gutiérrez, figuras de una literatura hoy tan invisible como desprestigiada.

Fue el Encubierto verdaderamente un personaje de novela. Parece que era un andaluz de origen judío que se hizo pasar por hijo de don Juan y nieto perdido de los Reyes Católicos que vivió escondido, de ahí lo del sobrenombre, y que tuvo un papel destacado en el levantamiento de las Germanías en el Reino de Valencia contra Carlos I. Su influencia, no poco mesiánica, en el movimiento agermanado fue tal que dio lugar a una corriente milenarista, l'encobertisme, que arrastró a muchos. Su destino, como el de la mayoría de estos personajes tan reales como de folletín, fue trágico pues murió asesinado por unos sicarios contratados por el virrey de Valencia. No tardó en aparecer otro impostor en este siglo XVI. En este caso el protagonista fue Gabriel Espinosa, un panadero de Madrigal de las Altas Torres, quien a impulsos de un astuto y culto fraile portugués que quería destronar a Felipe II y a una crédula monja, prima del monarca luso, se convirtió en un falso Don Sebastián, el rey de Portugal cuya desaparición en Alcazarquivir, en la llamada "batalla de los tres reyes", impulsó el sebastianismo, el mesianismo que arraigó hasta en Fernando Pessoa. Como era previsible, pues Felipe II no toleraba oposición a su entronización, el asunto acabó pronto y mal para los conspiradores, sobre todo para el pobre Espinosa, que fue ajusticiado atrozmente.

Menos terrible fue el destino de Fernando de Valenzuela, el valido de Carlos II, quien controlaba el mundo del oscuro y algo siniestro del Alcázar madrileño y la Corte crepuscular del último Austria, al que retrató Juan Carreño Miranda con la finura de Van Dyck pero con la fuerza descarnada del realismo hispano. Fue derrocado por Juan José de Austria, el hermanastro del rey, mediante el que se considera el primer golpe de Estado, y desterrado a la lejana Filipinas.

Esta gavilla de personajes de novela se puede aumentar con el Tío Pedro, en realidad el conde de Montijo, miembro de la camarilla de Fernando VII y muñidor del Motín de Aranjuez que acabó con el derrocamiento de Manuel Godoy, repartiendo por las tabernas reales de plata entre los majos y manolos de Lavapiés. No puede faltar en esta relación de extraños el enigmático Heriberto Quiñones, responsable del fantasmal Partido Comunista en el interior tras la Guerra Civil. Un agente comunista del que nunca se supo si era uruguayo, de la Besarabia, de la Bucovina o de Gijón, a pesar de que fue espantosamente torturado durante meses antes de ser fusilado en Madrid en 1942. Podríamos añadir también a África de las Heras, la agente del KGB, que se casó por razones del guión con el escritor uruguayo, raro entre los raros, Felisberto Hernández, y a ese siniestro José Escoy o José Ocampo, el agente soviético entre lituano, ruso y brasileño de cuya existencia se dudaba, ahora identificado con Jozif Grigulevich, que está detrás de la muerte de Andreu Nin y Leon Trotski. Como se ve, son todos personajes que a veces hacen bueno aquello que decía Paul Veyne de que la historia es una verdadera novela.

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