Tribuna

Francisco J. ferraro

Miembro del Consejo editorial de Grupo Joly

Descontrol en el Gobierno de EEUU

La marginación de Estados Unidos en los grandes acuerdos internacionales y la volatilidad política y la improvisación están generando inseguridad y desconfianza en el Gobierno

En las últimas semanas el descontrol se ha instalado en la Casa Blanca. A la inseguridad que deparan las sorpresivas declaraciones y tuits de Donald Trump se sumaban enfrentamientos soterrados en la jefatura de su gabinete y en el de comunicación, que se cobró su primera víctima con el portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer, y el nombramiento de Anthony Scaramucci como director de Comunicación. Éste último arremetió contra Reince Priebus, jefe de gabinete (equivalente a primer ministro) llamándolo "jodido paranoico esquizofrénico". Días más tarde Trump sustituiría a Priebus en la Jefatura del gabinete por el general John Kelly quién, tratando de poner orden, ha forzado la destitución de Scaramucci a los diez días de su nombramiento.

Esta convulsión instalada en el Gobierno no es nueva, habiéndose provocado con anterioridad otros cambios y dimisiones como consecuencia de la inexperiencia política y la impulsividad del presidente (el consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn, solo duró 24 días en el cargo), pero se ha intensificado en las últimas semanas tras fracasar el nuevo intento de derogar la reforma sanitaria de Obama y, muy especialmente, por la investigación del fiscal general y del Congreso de los vínculos de Trump con Rusia, que ha tomado más fuerza desde que el hijo de Donald Trump publicase que estaba "encantado" con que el Kremlin le diera munición contra Hillary Clinton en la lucha electoral, a lo que se suma la constatación de las reuniones con una influyente abogada rusa del ex jefe de campaña y del yerno y asesor de Trump (Jared Kurshner), lo que también le ha llevado a reestructurar la maraña de abogados que le asesoran frente a la investigación.

A estas dificultades se unen otras internas, como el discreto rechazo del ejército a su decisión de prohibir la participación de los transexuales, e internacionales, desde la tensión con Corea del Norte a los desacuerdos con China y la creciente desconfianza internacional en un Gobierno que rechazó el Acuerdo de París contra el cambio climático o los acuerdos internacionales para la liberalización del comercio, y que ha llevado al FMI a señalar al Gobierno de Trump como un obstáculo para consolidar la actual fase de crecimiento y para el libre comercio.

Estos y otros hechos significativos, a los que se suma la vulgarización de su lenguaje y los frecuentes cambios de opinión o simples mentiras (836 afirmaciones falsas le ha contabilizado el Washington Post a Trump en los seis primeros meses de presidencia), hacen que su popularidad sea la más baja de un presidente tras seis meses de gobierno y que se deteriore el prestigio y la eficacia del Gobierno de Estados Unidos.

Estas circunstancias invitan a reflexionar sobre las limitaciones institucionales del país más desarrollado, innovador y flexible del mundo para hacer frente a una situación como la expuesta.

Tras la sorpresiva victoria de Trump se reiteraba que los "equilibrios institucionales" de EEUU evitarían errores en las decisiones trascendentales para el país. Parcialmente ha sido así, pues ni se ha activado el botón nuclear ni se han ejecutado otras decisiones radicales, aunque la marginación de Estados Unidos en los grandes acuerdos internacionales y la improvisación y volatilidad política están generando inseguridad y desconfianza en el Gobierno, lo que tendrá consecuencias negativas para EEUU en el medio plazo. Y, mientras tanto, los mecanismos compensadores del poder presidencial apenas están funcionando, o lo hacen con una lentitud exasperante, porque el pragmatismo que informa su sistema institucional favorece la estabilidad del Poder Ejecutivo, hasta el punto de que Trump se ha planteado la posibilidad de autoindultarse.

¿Qué hace el poder económico ante el deterioro de la imagen del país y la deriva de sus políticas? Se supone (y muchos magnifican) que el poder económico condiciona e impone en última instancia sus intereses al poder político. Pero, si bien algunas grandes empresas han manifestado su desacuerdo con algunas de las decisiones del presidente, la mayor parte de las empresas parece que o no perciben los riesgos o no disponen de mecanismos fluidos para ejercer su influencia.

En cualquier caso, lo que está aconteciendo en Estados Unidos debería invita a reflexionar sobre la necesidad de ir reformando los sistemas institucionales de gobierno para conjugar gobiernos eficaces y ágiles con instituciones compensadoras de control democrático que actúen también con agilidad.

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