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Tribuna

francisco j. Ferraro

Miembro del Consejo Editorial del Grupo Joly

Cambio del modelo productivo

Nuestro modelo productivo es incompatible con nuestras aspiraciones de renta y empleo semejantes a los países más desarrollados

Cambio del modelo productivo Cambio del modelo productivo

Cambio del modelo productivo

Uno de los rasgos que mejor caracteriza económicamente a un territorio es su estructura productiva; es decir, el peso relativo de las distintas actividades económicas. En algunos casos la diferencia proviene de la dotación de recursos naturales, pero fundamentalmente están correlacionados con su nivel de desarrollo, especializándose los más desarrollados en actividades que requieren tecnologías más complejas, empleo más cualificado, más innovación y dotación de capital productivo y empresas más sofisticadas y eficientes. Mientras que los países con menor nivel de desarrollo compiten apoyándose en sus recursos naturales y costes de producción más bajos, singularmente los de la mano de obra.

En el gráfico adjunto se recoge la distribución sectorial de la economía andaluza en comparación con la de España y Alemania, donde se pone de manifiesto su mayor especialización en el sector agrario, construcción, servicios públicos y actividades inmobiliarias, y, compartidas con España, en actividades que nutren al turismo (hostelería, restauración, comercio, transporte, ocio y entretenimiento), sector cuyo peso en España es el más elevado del mundo (11,8% del PIB y 13,5% del empleo), y aún más elevado en Andalucía, donde casi triplica el peso relativo que en Alemania. Por el contrario, en Alemania y otros países europeos tienen más relevancia la industria, los servicios profesionales, científicos, técnicos, de información y comunicaciones y las actividades financieras y de seguros.

Dado que los países emergentes y en vías de desarrollo compiten con productos y servicios semejantes a nuestras especializaciones tradicionales, pero con menores costes salariales, el mantenimiento de nuestro modelo productivo se va haciendo más incompatible con nuestras aspiraciones de renta, empleo y consumo semejantes a los países más desarrollados de nuestro entorno. Es por ello por lo que el "cambio del modelo productivo" es un objetivo compartido, si bien sabemos que tal cambio no se produce en el corto plazo ni por decreto, que no implica prescindir de actividades tradicionales para las que tenemos capacidades competitivas diferenciadas y que ha de construirse sobre la base de nuestras capacidades empresariales y de recursos humanos.

A lo largo de la historia, todos los países desarrollados han ido transformando su estructura productiva desde especializaciones tradicionales a otras más sofisticadas, adaptándose a los cambios en la demanda, a las innovaciones tecnológicas, a la dotación factorial y a sus capacidades competitivas. En concreto, los países más dinámicos del mundo en el último medio siglo, como China, Corea del Sur, Irlanda, Nueva Zelanda, Canadá, Indonesia o Estados Unidos han transformado notablemente su estructura productiva.

El caso de China es particularmente significativo, pues ha pasado en cuarenta años de una economía muy atrasada con predominio de la agricultura, a una apuesta por la industria pesada, para posteriormente desarrollar una industria manufacturera de bienes para la exportación intensiva en trabajo, y en los años recientes al desarrollo de las tecnologías de la información y las comunicaciones. En su 14º plan quinquenal persigue una estrategia de modernización basada en un aumento de la inversión en I+D+i del 7% anual y en los que definen como "sectores estratégicos" (inteligencia artificial, información cuántica, semiconductores, neurociencia, ingeniería genética, medicina clínica y exploración del espacio, profundidades oceánicas y los polos), actividades ajenas a su tradición productiva.

Los profundos cambios productivos de China le ha permitido pasar de una economía marginal y subdesarrollada al segundo país más potente del mundo. Se argumentará que China no es un modelo imitable por la imposición de la planificación centralizada y la importancia que tienen las empresas públicas. Pero si bien ha sido así, en su desarrollo reciente ha sido cada vez más activo el papel de las empresas privadas, estimuladas por incentivos públicos de diversa naturaleza. Salvando las distancias, en Andalucía también disponemos de un marco de actuación para la política económica regional con incentivos a la iniciativa privada, aunque los objetivos, agentes e instrumentos están más limitados por otras restricciones y condicionantes políticos.

Cuando la Unión Europea también recomienda la modernización productiva y la incentiva con el Plan de Recuperación NextGenerationEU, las orientaciones empresariales y de la política económica regional deben apuntar más nítidamente al cambio del modelo productivo.

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