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Tribuna

manuel peñalver

Catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería

Ana Soria y Enrique Ponce

Ya no sabemos si Ana y Enrique son la música callada de Bergamín o la hermosa aventura que el mundo añora en unos momentos en los cuales el tiempo no es Proust, sino, otra vez, Machado

Ana soria y Enrique Ponce Ana soria y Enrique Ponce

Ana soria y Enrique Ponce / rosell

Sabiéndolo o no, la bellísima almeriense: Ana Soria Moreno, y una de las más grandes figuras que ha dado el toreo: Enrique Ponce Martínez, son la poesía de Pedro Salinas y el cine de una de las mejores películas (¿por qué no, la primera?) de la historia: Casablanca. El séptimo arte y La voz a ti debida se unen así, entre el amor y la existencia, entre la mirada de Ingrid Bergman y el cigarrillo de Humphrey Bogart; entre la musa y el torero; entre la leyenda y la mitología, que vuelven a nosotros con un poemario, en el cual la realidad no es la ficción, sino una rima humana, que, venturosa, eterniza Velázquez, como si la sonrisa de Ana fuera un lienzo más allá de Las meninas. ¿Hay quién dude, entonces, de que el romanticismo perdura y existe, a pesar de que haya que sacar brillo a las palabras, para que no choquen unas contra otras en las callejuelas del chisme y de la maledicencia; del rumor y de la mentira? Ana y Enrique, la discreción y la naturalidad, viven al margen de los contubernios de pícaros y rufianes, que se venden en los platós por las treinta monedas de Judas Iscariote, convertidas en euros, que no son siquiera la metáfora rota de sí mismos, sino una ganancia artera y nauseabunda, crecida entre el chantaje y la envidia. Pero la miseria humana tiene poco recorrido ante el mar infinito, donde la belleza de Ana Soria es, ahora y siempre, Penélope antes que Ingrid Bergman; Laura, antes que Grace Kelly; Beatriz, antes que Lauren Bacall.

Una Beatriz Portari («lleva en sus ojos el amor sin duda/ la que embellece todo lo que mira; / y tal respeto su presencia inspira/ que el corazón le tiembla al que saluda») o una Laura de Noves, de veintidós años («sonaba su voz como no suena voz humana»), tal la muleta de Ponce versificara otra Vita nuova o un nuevo Canzoniere. Porque su inspiración es la estrofa que surge en esos momentos en los cuales el toreo se hace pincel picassiano hasta parar los relojes una tarde de toros: Almería y la Virgen del Mar: el arte de una diosa en los tendidos y un brindis, donde una lágrima se perpetúa como una partitura de Mahler: los segundos de las horas tan eternos como una verónica y una media, que dejan entrever el hexámetro, el cual aguardamos para que así sea. El Maestro de Chiva no es Luis Miguel Dominguín, sino él mismo, como si se viera reflejado en una crónica de Gregorio Corrochano, la cual rescata las letras de su nombre a la hora del paseíllo en la Maestranza: mano a mano, con Morante de la Puebla, entre Triana y el Guadalquivir, hasta llegar a Sanlúcar. Tampoco Ana Soria es Ava Gardner, sino ella misma, en una antología poética del 27, como si fuera la musa del toreo, que, desde el alba, sueña con el piélago que, tal vez, es la literatura.

Lienzo y sintaxis, unidos en el albero de los sentimientos, cuando suenan los clarines y se hace bulería aquel poemilla de Gerardo Diego: «Sultana de mis penas/ y mi esperanza, / plaza de las Arenas/ de la Maestranza». Ana Soria no es Margarita Xirgú, ni Guadalupe Pablo Romero, ni Julia Cossío, ni Enriqueta Pérez Lora, el último amor de Juan Belmonte (a la cual Anthony Quinn llamaba Torre del Oro, por su simpatía), ni la Argentinita, ni Lupe Sino, puesto que su mirada ya estaba en los universales sonetos de Garcilaso y en el poema de Rafael Alberti: José Bergamín en la memoria: «Una sonora soledad lejana, / fuente sin fin de la que insomne/ mana/ la música callada del toreo». La palabra, como un arpa, una cítara o, quizá, un laúd. «Ayer te besé en los labios. / Te besé en los labios. Densos, / rojos. Fue un beso tan corto, / que duró más que un relámpago, / que un milagro, más. El tiempo/ después de dártelo/ no lo quise para nada ya/ para nada/ lo había querido antes. / Se empezó, se acabó en él», parece recitar Ponce, cuando el amor entre la ninfa y el diestro no es recuerdo, sino florilegio del presente. Se cierne la alta noche con esta luna que parece sol. El mar se ha puesto de color tabaco y oro. Ya no sabemos si Ana y Enrique son la música callada de Bergamín o la hermosa aventura que el mundo añora en unos momentos en los cuales el tiempo no es Proust, sino, otra vez, Machado. O, ¿por qué no?, los amores de Teágenes y Cariclea. Otras Etiópicas se están escribiendo, sin que adivinemos quién es el otro Heliodoro de Emesa. La nueva Gioconda guarda la respuesta: Leonardo da Vinci y Lisa Gherardini. Íntimo don: Museo del Louvre.

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