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rafael / sánchez Saus

El vocablo y la figura

LO mejor de leer a los clásicos es que nunca deja uno de encontrar aquello que le interpela directamente, como escrito hoy y para la ocasión presente. Sobre el estado de España, escribía Quevedo a un amigo poco antes de su muerte en 1645: "Muchas malas nuevas escriben de todas partes y muy rematadas, y lo peor es que todas las esperaban así. Esto…, no sé si se va acabando, ni si acabó. Dios lo sabe, que hay muchas cosas que pareciendo que existen y tienen ser ya no son nada, sino un vocablo y una figura". Ante los ojos tenía el declive de la monarquía hispánica, consumado sólo tres años después en los tratados de Westfalia. Hoy no está en juego el destino del mundo, sí el de la España menor que salió de aquel declinar y que ha conservado sus fronteras más de trescientos años, todo un récord europeo.

Cataluña se va y, ya que no estamos dispuestos a hacer nada para evitarlo, al menos deberíamos pensar muy seriamente cómo acabar con el proceso de descomposición de España. Sin Cataluña no morirá España pero sí "el vocablo y la figura", el régimen de las autonomías, cuya voladura controlada empezó hace mucho, cuando los destinados a preservarlo se dieron cuenta de que les iba mucho mejor con su progresivo vaciamiento. A muchos lo que nos preocupa no es Cataluña, perdida para España desde que toda su clase dirigente sin excepción se embarcó en el sucio juego de un chantaje sin límites, sino lo que pueda salir de todo esto. El daño moral, político e institucional a la nación y a su futuro es de tal gravedad que la amputación de Cataluña es ya, de hecho, un mal menor. ¿De verdad cree alguien que lo importante es que los separatistas obtengan un escaño de más o de menos? ¿Cuánto tiempo tendríamos que seguir soportando esto? ¿Nadie se da cuenta de que el problema catalán, si no es atajado, puede hacer saltar por los aires a España entera?

La única medida eficaz ante el 27-S es la que ningún Gobierno se hubiera atrevido a tomar: plantear un referéndum a la nación una semana antes con una única pregunta: "¿Considera usted que la comunidad autónoma de Cataluña debe seguir formando parte de la nación y del Estado de los españoles?". Y propugnar el no. Ya veríamos a los que porfían en irse cuando se les enseñara la puerta abierta. Porque, tanto para el que se va como para el que se queda, una cosa es irse y otra que te echen.

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