La hache intercalada

Pilar Paz Pasamar

Las viudas de nuestros famosos

21 de noviembre 2008 - 08:39

DEBE ser realmente difícil convivir hasta el final con un Premio Nobel. Se dice de Zenobia Camprubí que se ocupaba de todo lo de su genial y ensimismada pareja hasta el punto de mantener la punta de los lápices, con los que siempre escribió, afiladas y dispuestas por todos los rincones de la casa, como lo haría cualquier mujer solícita con las prendas de un marido descuidado y , a propósito, caigo en la tentación de recordar la leyenda de Almotamid que hacía lo mismo dictando la medida de los limoneros ,justo a la altura de la mano de Romaiquía y con el fin de que aquella no tuviese que agacharse. Las concesiones y complacencias de Zenobia Camprubí se han hecho famosas, pero el asunto de su sumisión es debatible. Sí es cierto que aquella asumió tareas fuera de la normal competencia, según los cánones de la época, pero bien sabía que la tarea del compañero no era fácil y habría de colaborar con él en lo que más importaba en aquella hora, el que la inteligencia le diera el nombre exacto de las cosas. En mi trato con algunas de las contemporáneas me ha parecido percibir desde sus miradas, más que de la palabra, un reflejo cómplice, cierto gozo interior y misterioso que he interpretado como enriquecimiento personal junto a la difícil convivencia que, por el contrario, compensaba con la excepción del aburrimiento, la aparición de lo insólito a diario, y la ilusión por la palabra y por la vida. Una de ellas está entre nosotros. Nadia Consolani, viuda de Fernando Quiñones a quien dedico estas líneas después de haber leído la conmovedora entrevista publicada recientemente en este mismo Diario de Cádiz. En ella quedan reflejados con exactitud los grados de eficiencia y cálculo con los que el respeto a la libertad, en la vida conyugal, iba unido a una fiel determinación de cesión voluntaria y generosa. Viene Nadia y habla, cómo no, de la Caleta. Llega desde Mestre veneciana, como otras veces, para asistir al Congreso que ha de celebrarse en torno a la obra del autor y la aparición del un libro inédito de relatos. Me imagino serán las autográficas líneas apuntadas al margen de aquellas cuartillas iniciadas en Puerta del Mar. Fernando Quiñones, según me reveló en aquellos días, no desaprovechaba ni las horas de fiebre. Yo deseo a la familia, y frente a la rechoncha y pequeña Philomena de cristal que Nadia me regaló en su día, que el mar de Cádiz sea la residencia de Las Crónicas y la ciudad el estuche de su eco. Cantarlas es lo que importa.

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