La ciudad y los días

Carlos Colón

¿Otra vez nazis y anarquistas?

CUANDO escribo sólo se sabe que una explosión en la Basílica del Pilar de Zaragoza ha obligado a desalojar el templo y la céntrica plaza. Que el artefacto explosivo, elaborado a partir de una bombona de camping gas, estaba colocado debajo de un banco en el pasillo central de la nave del altar mayor. Que no hay heridos graves entre los afectados. Y que la Policía ve similitudes con el artefacto encontrado en la catedral de La Almudena, reivindicado por los anarquistas.

El 7 de febrero la Policía desactivó en la Almudena un artefacto cuya colocación fue asumida por el grupo anarquista Comando Insurreccionalista Mateo Morral. Como los anarquistas gozan de una reputación casi hippy que les presenta como pacifistas e idealistas masacrados por los burgueses, conviene recordar que fueron los inventores del terrorismo moderno y que el Mateo Morral reivindicado por los anarquistas que pusieron la bomba en la Almudena fue el asesino que atentó contra Alfonso XIII y Victoria Eugenia el día de su boda, el 31 de mayo de 1906, matando a 24 personas. Cuando fue descubierto mató de un tiro al guardia que lo apresó y se suicidó.

En la "gloriosa" historia del anarquismo español hay que contar las bombas tiradas en el Liceo de Barcelona (7 de noviembre de 1893, 22 muertos) y al paso de la procesión del Corpus en la misma ciudad (7 de junio de 1894, 12 muertos); o el asesinato de Cánovas del Castillo (8 de agosto de 1897). Entre sus "gloriosas" acciones internacionales cabe recordar la bomba de clavos y metralla lanzada por Vaillant en la Cámara de Diputados francesa (10 de diciembre de 1893, 50 heridos graves), las bombas arrojadas por Émile Henry en las oficinas de una compañía minera y el Café Terminus de París (8 de noviembre de 1892 y 12 de febrero de 1894, 7 muertos), los atentados que entre 1916 y 1920 asesinaron a 58 personas e hirieron a más de 500 en San Francisco, Milwaukee y Nueva York o los magnicidios del zar Alejandro II, el presidente de la República Francesa Carnot, Sissi de Austria, Humberto I de Italia o el presidente McKinley.

Es cierto que hubo tendencias anarquistas no terroristas y que la represión fue brutal. Pero la realidad de los atentados terroristas y de sus siniestras redes internacionales de terror es innegable. Léase El agente secreto de Joseph Conrad. Y recuérdese lo que dijo Émile Henry cuando le acusaron de matar inocentes: "No existe burguesía inocente".

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