cARLOS ARANDA LINARES

La trágica muerte de Enrique Granados

Cien años se han cumplido del ataque alemán, en plena I Guerra Mundial, al buque francés 'Sussex', en el que viajaban, tras un cambio de pasajes, el músico leridano y su esposa

A decir de los entendidos, Enrique Granados ha sido uno de los más destacados intérpretes y compositores que ha dado la música española.

Nacido en Lérida en 1867, ya desde sus primeros estudios infantiles de piano en Barcelona dio muestras de gran capacidad y vocación por esta disciplina artística. Siendo aún muy joven se trasladó a París para ampliar sus estudios en el Conservatorio de Música de dicha capital. En 1892, reconocido ya como un gran intérprete y compositor a nivel nacional, contrajo matrimonio con la valenciana Amparo Gal. Poco después ofrecería exitosos conciertos en Londres, París y las principales ciudades españolas.

El estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), en la que se vieron envueltos buena parte de los países europeos, impidió el estreno de su ópera Goyescas en París por lo que, tras diversas gestiones, decidió hacerlo en Nueva York.

Superando su aversión al mar y a la navegación, partió en noviembre de 1915 desde Barcelona en el buque Montevideo rumbo a Estados Unidos. Tras el rotundo éxito del estreno, se sucedieron conciertos y homenajes de la sociedad y de las principales instituciones culturales neoyorquinas al compositor. Pero cuando el matrimonio Granados se disponía a regresar a España, fueron invitados a una recepción ofrecida por el presidente Woodrow Wilson en la Casa Blanca, por lo que hubieron de cancelar su billete de regreso previsto para el 8 de marzo de 1916 en el buque Antonio López de la compañía Trasatlántica, que habría de llevarles hasta Barcelona en un viaje sin sobresaltos por ser de bandera española y, por tanto, neutral en la guerra. En su lugar, el matrimonio hubo de realizar un viaje varios días después con en el SS Rotterdam de bandera holandesa que les trasladó hasta Gran Bretaña.

Tras descansar unos días en Londres, a las 13.25 del 24 de marzo partieron del puerto británico de Folkestone en el Sussex, de bandera francesa, que habría de trasladarles en un breve recorrido a través del canal de La Mancha hasta el puerto francés de Dieppe. Una hora y veinticinco minutos más tarde el submarino alemán UB 29, comandado por el capitán de fragata Herbert Pustkuchen, disparó un torpedo que al explosionar arrancó de cuajo la proa del barco. Todas las personas que se encontraban en ese momento en aquella zona y en el comedor de primera clase murieron al instante. Quienes pudieron, subieron a los botes que no habían sido dañados por el impacto. Algunos volcaron por el pánico de los pasajeros, pereciendo muchos de ellos ahogados.

Por la confusión que se vivía, no hay una versión unánime aunque tampoco contradicciones sobre los últimos minutos de vida del matrimonio Granados. Algunos pasajeros dijeron haberlos visto asidos con dificultad a una pequeña balsa. Una dama afirmó verlos en el agua abrazados hasta desaparecer definitivamente en el mar. La única versión verdaderamente detallada fue la de Daniel Sargent, un sanitario norteamericano superviviente del naufragio que conoció al matrimonio durante la larga travesía desde Estados Unidos a bordo del Rotterdam. En su posterior narración de los hechos, éste explicó que la pareja se encontraba en grave situación de apuro en el agua pues el músico no sabía nadar bien y, por causa de su obesidad, Amparo Gal no consiguió subir a un bote al que accedió su marido. En tal circunstancia, éste no quiso abandonarla y juntos se acercaron con dificultad a una balsa muy pequeña. Con gran esfuerzo el músico consiguió hacer subir a su mujer, que de rodillas mantenía con dificultad el equilibrio. Muy mermado por el frío y el agotamiento, Enrique Granados hizo un último esfuerzo por subir también a la pequeña balsa, pero solo consiguió bandearla y que cayeran ambos nuevamente al agua. No volvieron a salir a la superficie.

La suerte quiso que la explosión combara hacia dentro parte del casco roto, impidiendo así que el agua inundara diversos compartimentos y manteniendo penosamente a flote y a la deriva lo que quedaba del buque. Cincuenta personas desaparecieron. La mayoría de los pasajeros y tripulantes, sobre cuya cifra nunca hubo un acuerdo pleno, fueron localizados y rescatados horas más tarde por el destructor francés Marie There. Los restos del Sussex fueron transportados al varadero de Boulogne-sur-Mer. Los efectos personales del músico pudieron ser recuperados pues su camarote no se vio afectado por el impacto ni la consiguiente explosión.

La prensa internacional se hizo eco del incidente y de la muerte del matrimonio Granados. Tras ello se sucedieron diversos conciertos y actos de homenaje al compositor con los que recaudar fondos para sus seis hijos huérfanos, a los que se sumaron seiscientas sesenta mil pesetas de indemnización del gobierno alemán.

Hace ahora cien años, la fatalidad quiso que un último e inesperado homenaje retrasara la vuelta a Europa de Enrique Granados, embarcara en un buque de bandera francesa y se cruzara con un submarino cuyo comandante no se detuvo a considerar que no se trataba de un objetivo militar. Esa fatalidad truncó dramáticamente a sus cuarenta y ocho años la vida de uno de los más brillantes y prometedores compositores españoles en el momento en que iniciaba su madurez recogiendo el unánime reconocimiento internacional. Deja, no obstante, una obra digna de admiración y deleite, ofreciendo una visión sugerentemente moderna de la tradición musical española al más puro estilo noventayochista.

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