Su propio afán

Enrique García-Máiquez

Shabby chic

07 de marzo 2026 - 03:05

En el improbable caso de que alguien se tomase la molestia de rastrear mis escritos, descubriría que sostengo una constante manía al perfeccionismo. ¿Por impotencia? Sí. También porque el perfeccionista, de insistente que se pone, cae en la imperfección más molesta. Es como el juego de las siete y media, que decía don Pedro Muñoz Seca, el del tan abandonado monumento de El Puerto de Santa María: si te quedas corto, puede que no ganes; pero si, queriendo alcanzar la perfección, te pasas –si te pasas– es peor. Por tanto mi estilo predilecto era el shabby chic, donde conviven tan campantes los muebles antiguos descoloridos y la alfombra de la Real Fábrica algo raída bajo las patas de las sillas.

Así era feliz. Para mí, tener que comprarme algo nuevo, ya sean unos zapatos o una cartera, es un disgusto. Estrenar es la incómoda constatación del fracaso de no haber sabido conservar. De que le he fallado estrepitosamente a un objeto que estaba bajo mi cuidado. Mi mujer se quejaba de esta querencia, hasta que con delicadeza le hice caer en la cuenta de que eso le convenía. Le aseguraba que mi interés y mis cuidados crecerían con sus años. No dijo que le gustara, no, pero dejó de quejarse de mis conservacionismos. No pude revelarle la fuente de mi idea, porque el original roza la impertinencia, aunque quizá ustedes la sepan. Agatha Christie estaba encantada de haberse casado con un arqueólogo porque, cuanto más vieja era ella, más interesante la encontraba él. Yo estoy con el arqueólogo.

Y sin embargo, la política me está cambiando el carácter. Me fastidia tanto el estado de abandono de los servicios públicos, de las estaciones de tren, de las carreteras y de los colegios que estoy incubando un amor extrañísimo a la perfección. De pronto, me revienta que nuestro chéster esté desvencijado. Me paso el día llamando a carpinteros y pulidores de suelos. Acabo de pasar media tarde cambiando las luces fundidas del jardín, yo que antes veía que lanzaban graciosos guiños. De pura rabia de que Puente no cuide los raíles, me he vuelto sobre mi ámbito de competencia, que es mi casa, y padezco un TOC de lo impoluto. ¡Quién lo diría! De estos años de socialismo no vamos a salir igual. He cambiado lo mejor que tenía, la sprezzatura, por un estrés inesperado contra todo lo viejo y renqueante.

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