Responsabilidad política

27 de enero 2026 - 03:04

Es difícil pensar, aunque para algunos haya sido el primer pensamiento, que alguien del Gobierno central sea culpable de la tragedia ferroviaria sucedida en Adamuz, pero es evidente que el Ministerio de Transportes y su titular son los máximos responsables del buen funcionamiento de la red y, por lo tanto, lo son también si ocurre alguna desgracia como la sucedida hace una semana.

Accidentes tan graves como este son la medida real para calibrar la eficiencia de una gestión, así como la auténtica vara de medir la diferencia entre culpabilidad penal y responsabilidad política. La primera, si la hubiere, deberán dilucidarla los tribunales y debe llevar un tiempo, así como una aplicación de las garantías obligatorias para acusados y víctimas. La segunda es más sencilla y rápida de resolver: el ministro del ramo y los cargos directamente relacionados con el mantenimiento de la vía tienen en su mano la dimisión ante lo que parece un evidente fallo. Eso no significa en ningún caso abandonar el barco, sino actuar con la misma consecuencia con la que se presume en otros momentos por los buenos resultados. El presidente del Gobierno tiene obviamente entre sus poderes el de cesar.

Es llamativa la mala fama y menor práctica que tiene en este país el arma de la dimisión, considerada por una parte como una derrota vergonzosa y por la contraria como una victoria a mayor gloria electoral, cuando en realidad es en muchas ocasiones la manera más digna de enfrentarse a una situación tan grave como la ocurrida en las vías cordobesas. Resistirse a ella para no dar una alegría al rival político o no perjudicar al propio partido es tan mezquino como poner el objetivo en hacer daño al Gobierno antes que en hallar causas y soluciones.

Ahora lo que urge es hacer un análisis rápido del estado de la red ferroviaria y poner en marcha los planes necesarios para su mejora. La lógica parece decir que debe ser otro equipo más perspicaz y eficaz el que lo haga. No pasa nada, en el Gobierno, como en otras instancias decididas a dedo, se debe y puede salir con la misma facilidad con la que se entra. No se pierde por ello dignidad ni libertad, sino muy al contrario. Otra cosa es la oscuridad y resistencia con las que se quiera gestionar el relevo, o la suciedad con la que se pretenda manchar a todo un Ejecutivo al que se quiere derribar por cualquier medio.

De momento, Pedro Sánchez tiene en sus manos aclarar cuál es, ha sido y será su forma de concebir la política como el supremo arte de la responsabilidad.

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