Cuando se conoció la decisión de echarse en los brazos de Podemos, apenas cerradas las urnas, ya se intuía que no era la mejor opción para el país, pues al insomnio ya anunciado del presidente se unía la ineludible coyunda con los nacionalismos, sustancialmente PNV y ERC, y otros grupos pintorescos para apuntalar la mal llamada "mayoría de progreso". A los malos presagios se le unió de pronto una tormenta inesperada en forma de pandemia, y aquel gobierno adolescente pensado sobre todo para gastar pasó en un momento a gestor de la peor crisis desde la Guerra. Ahora, cuando las circunstancias aprietan y el malestar se palpa en cada esquina, en Moncloa no se les ocurre otra cosa que pedir ayuda… ¡a Bildu!, para vergüenza de los socialistas decentes que todavía quedan.

Los hay que han querido ver en esta lamentable jugada la simple búsqueda de otro apoyo para conseguir una nueva prórroga del estado de alarma. Yo creo, sin embargo, que estamos ante un hito más en la hoja de ruta diseñada por Iglesias y aceptada por Sánchez, con el trágala de los barones socialistas. Descartado cualquier pacto con la derecha y sabedores de que la fragmentación de su voto juega en favor del PSOE, éste lo ha fiado ya todo a la gobernanza de España mediante esta suerte de socialismo podemizado con alguna concesión a la socialdemocracia clásica de cara a Bruselas en el papel de sus ministros más solventes, Calviño y Planas. En paralelo, la soñada reedición en Cataluña del tripartito y, lo que sí es novedad, el ensayo de otro similar en el País Vasco que con razón espanta a los santones del PNV, para lo que resulta imprescindible blanquear a Otegui y compañía.

Y ante este panorama desolador, ¿qué alternativa queda? Ninguna fácil, desde luego. La perniciosa deriva de nuestro sistema parlamentario desde el 15-M y la creciente polarización de las ideas azuzada por la corriente imparable de las redes sociales hacen complicada la formación de mayorías estables. Así, las posiciones radicales se retroalimentan, y tan cierto es que Vox no hubiese existido sin el sectarismo demagogo de la izquierda contemporánea, como que este nuevo furor por la calle de la gente de orden (como una versión cañí de La libertad guiando al pueblo) a quien en realidad beneficia es a sus enemigos. Y es que, tiradas en el olvido la sensatez y la moderación, todo puede ir a mucho peor.

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