En tránsito

La pandemia habla

La pandemia del Covid-19 ha resucitado a los plúmbeos predicadores que creíamos olvidados

El día de Todos los Santos de 1755, un terremoto -seguido de un tsunami que también arrasó la costa atlántica andaluza- destruyó por completo la ciudad de Lisboa. Los predicadores no desperdiciaron la oportunidad: el terremoto era un castigo de Dios. El jesuita Malagrida se subió a un púlpito (uno de los pocos que quedaban en pie) y empezó a gritar que los lisboetas debían arrepentirse de sus pecados y dar limosnas para las misiones del Brasil. Cientos de curas empezaron a anunciar el fin del mundo. "¡Dios nos ha castigado! ¡Arrepentíos, impíos pecadores!" Sin embargo, el hombre que mandaba en Portugal -el ilustrado marqués de Pombal- tuvo una reacción muy diferente a la de los curas fanáticos. Argumentó que el terremoto no era un castigo divino sino un fenómeno natural. Buscando las evidencias científicas, mandó que miles de soldados pateasen el suelo de Lisboa para calcular con fórmulas matemáticas los efectos de la sacudida sísmica. Luego diseñó una nueva ciudad -todo el maravilloso centro histórico lisboeta es idea suya- y financió el estudio preventivo de los terremotos. Fue la primera vez en la historia que un gobernante se enfrentaba a un cataclismo con una mentalidad completamente racionalista.

Lo curioso es que ahora, dos siglos y medio más tarde, el Covid-19 ha resucitado a los plúmbeos predicadores que creíamos olvidados. "La pandemia es anticapitalista. Nos enseña otra forma de vivir", anunció hace poco una escritora americana de visita en España (y que debe de cobrar sus buenos 6.000 euros por conferencia, en vez de las miserias que cobran los sanitarios que luchan de verdad contra el virus). Por supuesto, en estos últimos meses hemos oído cientos de frases idénticas. "La pandemia nos dice que…", "La pandemia nos anuncia que…" Es asombroso. La pandemia no dice nada. Sólo actúa y ataca nuestras defensas, pero no ha venido a explicarnos ninguna teoría. Y eso es lo primero que deberíamos preguntarles a todos esos charlatanes: "Si la pandemia nos habla, ¿en qué idioma se expresa? ¿En inglés chapurreado, en volapük, en lenguaje de signos?"

Todo es ridículo, pero estas cosas se dicen y se difunden sin pensar que son el sustituto de las viejas prédicas de los frailes fanáticos. La ideología, no lo duden, es el nuevo disfraz de la superstición en estos tiempos que se creen muy libres.

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