editorial

Los nuevos emigrantes

CON tasas de desempleo que afectan al 25% de la población activa y que prácticamente se duplican en el sector juvenil, parece completamente lógico que la emigración esté experimentando un repunte considerable. En un solo semestre, entre enero y junio pasados, más de cuarenta mil españoles emigraron a distintos países en busca del trabajo que la situación de la economía española les niega. Significan un 44% más que los emigrantes registrados en el mismo periodo del año anterior. Supone un cambio demográfico importante, ya que al mismo tiempo está reduciéndose la cifra de inmigrantes, igualmente a causa de la crisis, que les retiene en sus naciones de origen ante la perspectiva de no poder prosperar en España. Nuestro país vuelve a ser, pues, un país de emigrantes. No obstante, a diferencia de la última gran corriente emigratoria española, en la década de los sesenta del siglo pasado, la ola actual reúne características singulares. No se van las personas menos cualificadas y más pobres, para ocuparse de trabajos que no querían hacer los obreros de la Europa desarrollada de entonces, sino licenciados y otros profesionales de alta cualificación, con dominio de idiomas y hacia naciones con ofertas de empleo específico (ingenieros, informáticos, sanitarios, comerciales...). Esta movilidad laboral, inevitable en el mundo de hoy, carece del dramatismo de otras épocas, ya que la propia formación de los emigrantes, sus conocimientos idiomáticos, la mejor formación y las facilidades para viajar han quitado a la aventura de instalarse en un país ajeno, por motivos laborales y con intención más o menos temporal, sus connotaciones más negativas. Nuestros jóvenes posgraduados lo ven como algo normal, aunque muchos preferirían poder trabajar en su tierra. Desde el punto de vista colectivo, sin embargo, no deja de tener un punto de derroche que la gran inversión de la sociedad en la formación de sus universitarios y técnicos vaya a beneficiar durante años, sobre todo, a los países receptores.

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