El Palillero
José Joaquín León
Túnel en el Estrecho
La democracia es un sistema político delicado, un acuerdo tácito que se sostiene en la confianza más que en la fuerza. Pero algunos políticos descubren, una y otra vez, que es más sencillo gobernar desde la inquietud que desde el sosiego. Así, el discurso público deja de proponer en positivo y se instala en la negrura de las amenazas. Este discurso del miedo no se basa en el atractivo de las ideas, sino en el augurio de grandes males si vence el adversario. Hannah Arendt advirtió que el miedo es la herramienta preferida de quien pretende gobernar sin verdadero consentimiento popular, porque vuelve a los ciudadanos vulnerables, temblorosamente dispuestos a abdicar de su criterio. El miedo, como eficiente apagavelas, extingue el auténtico sentir de la ciudadanía.
La estrategia es conocida: se fabrica un enemigo, se exageran sus maldades y se lo sitúa extramuros de la comunidad. Luego el político se ofrece como intérprete del peligro, como guía en un laberinto que él mismo ha construido. En ese escenario, el pueblo deja de ser protagonista y se convierte en espectador acobardado. En muchas naciones, en España por supuesto, este actuar deleznable está dividiendo y tensionando una convivencia que debiera ser racional. Tenemos miedo a que nos gobierne la derecha o a que lo haga la izquierda. Son miedos infundados. A la democracia no hay que tenerle miedo. Éste es un sentimiento que inmoviliza, que neutraliza, que, como gran aliado del poder, distorsiona nuestras decisiones. En ese sentido, se trata, sin duda, de un instrumento profundamente antidemocrático.
Obsérvese, además, que cuando la población está asustada, tolera mejor la censura, la vigilancia excesiva, la polarización agresiva e incluso la renuncia a libertades básicas. El miedo, así usado, decía Chomsky, no invita a pensar; invita a obedecer. Se transforma en una niebla que confunde problemas reales con fantasmas útiles. Si tal niebla permanece, la arquitectura democrática comienza a deformarse: se instala la idea de que “todo vale para parar el desastre” y se abren las puertas al ominoso autoritarismo. Una sociedad amedrentada tolera lo intolerable y acepta negociables todos sus derechos; en cambio, una sociedad lúcida, no necesita salvadores, sino instituciones sólidas y líderes que confíen en su madurez.
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