Palabras menores

Pepe Mendoza

Cinco lustros con Mario

NUESTRO primer encuentro fue en Palma de Mallorca, más concretamente en la garita norte del cuartel de Ingenieros XIV, a la que Mario Benedetti me acompañó, escondido en un bolsillo del tres cuartos, una noche de junio de 1984, para contarme una de las historias de amor más hermosas que he leído nunca: La tregua. Allí, agazapados, con el cetme y el ardor guerrero arrestados por lo civil en un rincón, se fraguó, al socaire de un rumor de grillos, el comienzo de una bella amistad.

Junto a la libertad estampillada en una cartilla blanca y a las inevitables historias de la puta mili, traje en el petate de vuelta algunos de sus libros, que mi novia me enviaba para combatir la estulticia en aquel sitio en el que no había porqués. Volví, también, a la edad en la que uno está dispuesto a comprar a cualquier precio una certeza, con algunos principios, regalos del uruguayo perito en exilios, que iban a orientar mi vida para siempre: que si el corazón se aburre de querer para qué sirve; que los débiles de veras nunca se rinden; que hay que vivir adrede.

Algunos años después, su verbo, digno y elegante, se hizo carne, y habitó entre nosotros una tarde luminosa en la que los versos volaron libres por encima de las viejas almenas del Castillo San Marcos, dando fe de que la poesía no es de quien la escribe sino de aquellos que la necesitan. Yo llegué tempranísimo. Al entrar, con el paso sin ajustar y la emoción descompensada, doblé una esquina y tropecé con él. "Lo siento, amigo", me dijo, sonriendo, mientras recomponía la figura. Quise, igualmente, disculparme, y quise hablarle de aquella noche insumisa de verano en la que, bajo la única patria de las letras, Martín Santomé y Laura Avellaneda me enseñaron que la ternura es la cara más humana de la rebeldía. Pero se me atascaron las palabras. Aquel mito discretísimo me dejó mudo.

Con la salud quebrada y la vida entre paréntesis, anda el viejo poeta preparando un nuevo libro que ha llamado, provisionalmente, Biografía para encontrarme. Encuéntrese usted bien lo antes posible, háganos el favor.

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