EN este país no terminamos de encontrar el equilibrio entre un estado democrático y la presencia de las confesiones religiosas. En la Constitución -que ahora celebramos-, no se dio el paso de declarar a España como un estado laico. Las presiones del nacionalcatolicismo lo dejó en "aconfesional", con un trato privilegiado para la Iglesia Católica, esa Iglesia que había apoyado el golpe de estado que provocó una cruenta guerra civil, y el fusilamiento de miles de personas; esa Iglesia que abrazó la causa del franquismo cuatro décadas y que sigue sin siquiera pedir perdón por lo crímenes cometidos.

Pues esa Iglesia sigue sin admitir que hay muchos españoles que no siguen sus directrices y dogmas, que solo una minoría se declara católica practicante. Siguen empeñados en imponer sus obsesiones, sobre todo en la moral sexual y en la regulación del matrimonio, a toda la sociedad. En los países democráticos más avanzados -esos que admira la derecha cavernícola que apoya al fanatismo católico-, hace siglos que ese dilema se ha superado. El Estado es de todos, no tiene confesión religiosa y se rige por el interés de todos los ciudadanos, sean creyentes o no, o pertenezcan a cualquier credo. Las organizaciones religiosas deben dirigir las normas de conducta de sus fieles. Nadie les quita el derecho a opinar de lo divino y lo humano, pero no pueden pretender regir la vida civil de todos los ciudadanos.

La reciente polémica sobre la presencia de crucifijos en escuelas públicas es de lo más absurda. ¿Cómo es posible que a estas alturas se pretenda que en una escuela pública presida las aulas un crucifijo? Ni en escuelas públicas, ni en hospitales públicos, ni en oficinas de las diferentes administraciones pueden aparecer símbolos de una determinada religión, por razones obvias. Ninguna religión nos representa a todos. Otra cosa es la utilización de los espacios públicos para celebraciones religiosas -a veces abusivas- a las que todas las entidades legales tienen derecho. Los que tanto abominan de los estados confesionales en el mundo islámico, se comportan como ellos, pretendiendo imponer a todos los ciudadanos sus símbolos religiosos y declarar a la cruz como emblema común de Europa. Pasan los siglos, y no aprendemos.

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