Su propio afán

Soy de izquierdas

Las personas andamos siempre zigzagueantes entre críticas contrapuestas y está bien que así sea

Hay una página gloriosa (como suya) de Chesterton en la que todos nos hemos sentido reflejados: ésa que dice que, a la misma persona a la que los anoréxicos ven demasiado gorda, los obesos la ven débil y desnutrida; y que lo más normal es que realmente sea atlética -aunque vista desde un extremo o desde el otro-. Desde luego, yo me siento reflejado de forma metafórica, no literal, como salta a la báscula. La observación, kilos aparte, es finísima. Andamos siempre entre críticas contrapuestas. Al que estudió fuera, en su pueblo, le oyen eses y, en Madrid, un ceceo que se puede cortar con un zerrucho [zic]. Los exquisitos desdeñan por rudo al que los rudos por exquisito. Los jóvenes ven viejo a quien sus mayores un chaval. No faltarán al lector ejemplos de su cosecha.

El diputado andaluz de Vox por Cádiz, el Sr. Gavira, al que no tengo el gusto de conocer, ni probablemente ustedes, ha protestado por ahí de que no soy bastante de derechas. Hace menos de un mes, me reía de uno de mis hermanos porque era de izquierdas, concretamente del PP. Pero está visto que quien a hierro mata a hierro muere, y ahora soy un socialdemócrata sospechoso. Me lo merezco.

Merezco el juicio depurativo del Sr. Gavira por justicia poética a cuenta de las bromas con mi hermano. Aunque, si para pasar el examen de pureza ideológica de algunos, hay que cantar «El novio de la muerte» a toda pastilla, pues también es verdad que tengo mal oído, alipori y ni en la mili aprendí a desfilar. No sé qué no habré aplaudido al Sr. Gavira, aunque podría ser cualquier cosa, porque nunca le he aplaudido nada.

Voy a arreglarlo: le agradezco de corazón sus perspicaces comentarios. Un columnista tiene que ser tan fiel a sus ideas, para quien las entienda, como celoso de su independencia; y el Sr. Gavira, guardián de esencias, va certificando que estoy en el punto exacto de Chesterton. Lo cual no tiene mérito porque el de Chesterton era, aunque muy fino, un punto muy ancho… y una ley natural. Consiste en que nadie, ni los de un lado ni los de otro, te ven suyo. Porque eres tuyo.

Aunque usted sea de izquierdas, querido lector, seguro que alguna vez le han llamado «burgués»; o usted es centrista y le dicen de izquierdas y de derechas, según, pero siempre peyorativamente. Los defensores de sus ortodoxias cumplen una gran labor benéfica. Despiden lo suficiente como para que todos podamos respirar un aire más puro.

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