Confabulario
Manuel Gregorio González
Un viejo principio
ES el tercero por la izquierda en la famosa imagen que desde hace unos meses reproduce con insistencia una parte de la prensa de allí para evocar su figura y, con ello, el último intento catalán de independencia, por ahora. Aunque aún está en la cincuentena Lluís Companys parece mucho mayor: casi un anciano menudo y derrotado metido en una celda lóbrega y en un traje desaliñado con el que puede que unos meses antes arengara a las masas con impulsivos aspavientos y voz desgarrada. Nada que ver ese preso menguado, que agarra con asco un barrote y deja asomar un pañuelo con aire de paloma muerta, con el que unos meses antes ha gritado: "Cataluña enarbola su bandera, llama a todos al cumplimiento del deber y a la obediencia absoluta al Gobierno de la Generalitat, que desde este momento rompe toda relación con las instituciones falseadas".
De su estancia en El Puerto, de los días de aquel 1935, a los que según la sentencia que lo condenó debían sumarse treinta años, se conserva una carta del mes de octubre en la que, con temblorosa caligrafía de pisada de gaviota, lamenta la falta de visitas y el desinterés de sus compañeros de partido, Esquerra Republicana: "Durante semanas y meses [...] ni recibí la visita, ni carta, ni interés de los compañeros diputados que estaban en Madrid. En el natural estado de ánimo del presidio, eso me produjo dolor". Otoño miserable y duro para la Bahía de Cádiz, noches en las que los reos puede que se durmieran con el vaivén de los trenes cercanos, protegidos, bajo mantas piojosas, del primer frío entreverado de brisa de estero. Companys, el hombre fuerte, ahora no es nadie. Cumple pena en el Sur con otros dos consejeros de su gobierno: Comorera y Lluhí; el resto lo hace en Cartagena. Consejeros que apoyaron el tercero y más sonado de los intentos secesionistas catalanes. El primero se remonta a marzo de 1873, un mes después de que se estableciera la Primera República; lo lideró Estanislao Figueras y según la prensa de la época: "Unos 16.000 voluntarios declaran independiente el Estado catalán y preso a las autoridades". Esta proclamación no fue realmente independentista, sino federalista republicana, promovida por una burguesía que quiso utilizar el separatismo como medio de presión. En el segundo órdago secesionista ya encontramos, aunque no en el papel de estrella principal, a Lluís Companys. El 14 de abril de 1931, tan sólo una hora después de que el propio Companys, alcalde de Barcelona, saliera al balcón del Ayuntamiento para anunciar la Segunda República, Francesc Macià, presidente de Esquerra Republicana, aparecía por sorpresa en el mismo lugar manifestando que, en nombre del pueblo de Cataluña, se hacía cargo del Gobierno catalán y que en aquella casa permanecería para defender las libertades de su patria, dicen las crónicas.
En el tercer y último intento, por ahora, sí que es Companys cabeza de cartel y líder de la rebelión, si bien historiadores como Stanley G. Pain se refieren a él como a un hombre básicamente sensato que llevaba meses sometido a presiones extremas de los catalanistas radicales. Lo cierto es que el seis de octubre del treinta y cuatro el ya entonces Presidente de la Generalitat, proclama el Estat Catalá y afirma: "Cataluña enarbola su bandera, llama a todos al cumplimiento del deber y a la obediencia absoluta al Gobierno de la Generalitat, que desde este momento rompe toda relación con las instituciones falseadas". La piel de toro se había ido tensando desde que en las elecciones de noviembre de 1933 ganara la derecha republicana representada por la CEDA de Gil Robles y el centro-derecha republicano, representado por el Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux. El presidente de la República Alcalá- Zamora encargó a Lerroux formar gobierno. La CEDA pide tener representación, pero se le rechaza esta petición. Lerroux dimite. Los socialistas declaran una huelga general revolucionaria el 5 de octubre en toda España para demostrar su rechazo a la entrada de la CEDA en el Gobierno, a pesar del respaldo de las urnas. Pero esta huelga fracasa excepto en Asturias y en Cataluña. La noche del seis de octubre, tras la proclama del Estat Catalá y siguiendo instrucciones de Madrid, se declara el estado de guerra aplicando la Ley de Orden Público de 1933. Ocupan las calles de Barcelona 400 mozos de escuadra, 3.200 guardias de asalto y 3.400 paisanos con armas de toda clase para respaldar la independencia. La compañía de infantería y una batería del regimiento de artillería obligan a éstos a rendirse a lo largo de la madrugada del día 7 de octubre: la independencia alentada y soñada por Companys dura diez horas.
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