Hubo un tiempo

10 de febrero 2026 - 03:07

Hubo un tiempo en que para viajar a Tokio era posible atravesar el cielo ruso. Hubo un tiempo en que –no sé cómo– sabíamos llegar a un sitio con solo desplegar un viejo mapa. Por entonces charlábamos sin que confirmaras en Google cada cosa que te digo. Hubo un tiempo en que en las pelis el presidente de los Estados Unidos salvaba a la humanidad (de la invasión alienígena, del célebre meteorito, de la guerra nuclear, de la catástrofe climática…). Hubo un tiempo en que no hacía falta reservar hasta en las tascas. En una época muy remota, mi médico de cabecera era siempre el mismo y me daba cita en pocos días. ¿Y te acuerdas de cuando la gente pagaba en metálico? Abría su mano con las monedillas y la cajera, que tenía mejor vista, tomaba el pico que faltaba. Hubo un tiempo muy lejano en que –dicen– podíamos viajar en tren hasta Madrid.

En mis tiempos, todo esto era barrio, y las de pueblo nos íbamos de casa para siempre a los 18. Hace siete vidas, mucha gente al grito de “No nos representan”, se arremolinó en Sol y otras plazas para escuchar –y pronto desoír– la advertencia de Agustín García Calvo: “No seáis como el poder”. ¿Y te acuerdas de cuando hablábamos de amor y su reverso sin emplear tecnicismos psicologicistas? ¡De locos! Eso era antes de 2026, cuando –qué antigüedad– el derecho internacional regulaba las relaciones entre estados soberanos. En mis tiempos, los conservadores no iban por ahí de macarras, como drugos en La naranja mecánica, ni existían biempensantes de izquierdas. Al gerifalte que atacaba territorio ajeno (Ucrania, pongo por caso) o masacraba sistemáticamente a la población (judía, por ejemplo) se le llamaba déspota y genocida. Pero eso era antes, cuando un tonto cualquiera era capaz de distinguir los adjetivos “sionista” y “semita”. Por entonces, la opinión de cada cual ya había adquirido la categoría de voto, mas no la de verdad absoluta y viralizada. En la época remotísima de la que les hablo (antes del actual Diluvio Universal), la inteligencia artificial no me parecía más humana que ciertos individuos, el móvil era un teléfono, y a la naturaleza la llamábamos “sierra”, “estrella”, “bosque”, “campo”. Época en que nos importaba, más que la foto narcisa del perfil, dar la cara, así nos la partieran. ¡Aquel tiempo feliz en que éramos tan desgraciados!

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