Confabulario
Manuel Gregorio González
Un viejo principio
En 1817 la situación en España era de crisis generalizada. La guerra con los franceses había esquilmado el tesoro y aunque había elevado la moral de los españoles, la derogación de los derechos constitucionales nacidos en Cádiz mostró la realidad de un rey arrogante, cruel y falto de escrúpulos, rodeado por una camarilla de aduladores preocupados exclusivamente en medrar en su propio beneficio. Pocos años antes y precisamente para salir de aquel agujero económico nació la veterana Lotería de Navidad.
En la Armada la situación no era mejor. A la pobreza generalizada, los marinos, a quienes se debía una media de treinta pagas, añadían también la falta de barcos después de que un ciclón con nombre de almirante inglés arrasara la flota en Trafalgar. La falta de Armada representaba un contratiempo grave, pues vista la debilidad moral y económica del gobierno, las colonias comenzaron una serie de levantamientos con vistas a obtener la independencia. En esta tesitura, el rey ordenó a su secretario privado establecer relaciones comerciales urgentes con el embajador ruso en Madrid, el cual transfirió a Moscú una demanda de buques que quedó consolidada en una lista de cinco navíos y tres fragatas ofrecidas por el zar Alejandro I, buques que habrían de ser entregados en Cádiz con todos sus pertrechos y municiones. El precio acordado fue de 68 millones de reales, una barbaridad por mucho que pudiera ser costeada con los 42 millones recibidos de los ingleses gracias al tratado de Viena por el que España renunciaba al tráfico de esclavos. La flota se presentó en Cádiz el 21 de febrero de 1818 después de permanecer un par de meses amarrada a puertos del sur de Inglaterra. Los ingleses sin duda querían ver qué estaba comprando España y hasta que no vieron que aquellos barcos no tenían ninguna utilidad militar, no los dejaron seguir viaje, aunque, eso sí, la mayor parte de los pertrechos se quedaron en Portsmouth. Hubo quien dijo que los barcos habían permanecido en Inglaterra hasta que España no puso en circulación el primer pago de los 42 millones, de los que la mitad se quedaron en el camino traducidos en comisiones y asientos librados en favor de los aduladores reales.
El asunto de la compra de los barcos rusos se había llevado en secreto entre el rey, su secretario y la perniciosa camarilla real, hasta el extremo de que ni el ministro de Marina ni ningún otro miembro de la Armada estaba al corriente. Tanto es así que cuando la Torre Tavira dio noticia del avistamiento de la flota, el capitán general de Cádiz, temiéndose el enésimo ataque a la ciudad, ordenó tocar alarma general en la población y la dispuso para su defensa. No fue hasta ese mismo día que el rey informó a su ministro de Marina de la llegada de los barcos con una nota propia de su arrogancia: "Figueroa, a Cádiz han llegado 5 navíos y 3 fragatas de guerra, que me ha facilitado mi amigo y aliado el emperador de Rusia. Encárgate de estas embarcaciones, y te advierto bajo tu responsabilidad que cuando se hayan de emplear en América algunas de estas clases de barcos, sean estos los preferidos…".
A los pocos días Figueroa nombró una comisión encargada de examinar los barcos, la cual elevó a los pocos meses un informe demoledor: la madera era de baja calidad y estaba podrida, no había pertrechos ni repuestos de ninguna clase y la operatividad de los barcos quedaba supeditada a importantes obras de acondicionamiento, reservándose en todo caso muchas dudas que de que alguna vez pudieran darse a la vela. Fernando VII reaccionó coléricamente, desestimó el informe y destituyó al ministro y a los oficiales de la Armada que habían tomado parte en él.
El pueblo criticó airadamente la actitud del rey y por las calles comenzó a murmurarse que había sido estafado. Para intentar mostrar una cara distinta, Fernando VII apeló entonces al zar para que tuviera algún gesto con el que poder acallar las críticas y éste envió a España otras tres fragatas como muestra de buena voluntad, pero el estado de estos barcos era aún peor que el de sus predecesores, cosa que el rey se tomó a mal y comenzó a dilatar el resto del pago que finalmente no se produjo.
De los cinco navíos el más renombrado fue el Alejandro I, elegido en 1819 para formar parte de la expedición de Rosendo Porlier, desaparecido a bordo del San Telmo en el paso de Drake. Llegado a la altura del ecuador el navío ruso tuvo que darse la vuelta al hacer demasiada agua a través de su madera podrida. Los cinco navíos fueron desguazados al año siguiente sin que ninguno llegara a entrar en servicio.
De las seis fragatas, tres tampoco llegaron a entrar en servicio. Las demás fueron acondicionadas para navegar y dos de ellas, la Ligera y la Viva fueron comisionadas a La Habana, a donde arribaron en condiciones tan penosas que se hundieron nada más llegar. La sexta, la Reina María Isabel, era la que estaba en mejores condiciones y se envió a El Callao convoyando un grupo de diez transportes que fueron apresados por los chilenos en el puerto de Talcahuano. Cambiado su nombre por el de O'Higgins, no tardó mucho en dar con sus cuadernas en el fondo del océano Pacífico.
Y esta es la historia de los once barcos conocidos como 'la flota del zar'. Una estafa en toda regla que Fernando VII y sus acólitos negociaron por 68 millones de reales, pagaron 37 y cuya venta en desguace, tras no prestar ningún servicio, supuso menos de cuatrocientos mil reales para el tesoro. Con razón en su famoso pronunciamiento en Las Cabezas de San Juan, el teniente coronel Riego se dirigió a sus hombres con las siguientes palabras: "Soldados, ( ... ) yo no podía consentir, como jefe vuestro, que se os alejase de vuestra patria, en unos buques podridos, para llevaros a hacer una guerra injusta al Nuevo Mundo".
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