Con la venia
Fernando Santiago
La unidad de la izquierda
La Filmoteca de Andalucía rinde tributo a Clint Eastwood con un ciclo integral sobre su legado cinematográfico como director. Res iudicata decían los romanos, Justice est faite dicen los franceses, justice has been served declaran los ingleses, justicia cumplida decimos nosotros. Es otro ajuste de cuentas más con el monumental error crítico que durante años lo menospreció como actor y como director.
Para algunos que le vimos nacer como actor y director es una satisfacción con tintes de venganza. La resa dei conti (el ajuste de cuentas) se llama el tema del duelo final de La muerte tenía un precio. Pues eso ha pasado. Suena el carillón de un reloj de bolsillo. El coronel Mortimer se carga a Indio ante la mirada helada de Manco, que empieza a contar los muertos calculando la recompensa: “Diez mil. Doce mil. Quince… Diecinueve… Veintiuno… Veinticinco”. Pero quedaba uno de la banda. Manco lo mata. “…Y cuatro, veintinueve”. El coronel Mortimer, al oír el disparo, le pregunta: “Qué te pasa, muchacho”. Manco le contesta: “Nada, viejo. Que no me salía la cuenta. Ahora está bien”.
Como actor lo apreciamos y pronto lo admiramos desde que en 1965 se estrenó en España Por un puñado de dólares, en 1966 La muerte tenía un precio y en 1968 El bueno, el feo y el malo. Pero entonces la intelligentsia despreciaba el western en general (salvo que fuera de Peckinpah o mamarrachos pre-woke como Pequeño gran hombre), y el espagueti western en particular (Leone incluido). Y Eastwood era un cara palo. Todo empeoró cuando en el 68 interpretó La jungla humana y en el 71 Harry el sucio, dirigido por su maestro Don Siegel: además de mal actor era un fascista.
Como director lo apreciamos desde que en 1971 dirigió Escalofrío en la noche. Y nos ganó desde que resucitó el western con Infierno de cobardes en el 73, El fuera de la ley en el 76 y El jinete pálido en el 85. Pero la intelligentsia no empezó a tomarlo en serio hasta Bird, en 1988, cuando ya llevaba 18 años dirigiendo. Y no lo aclamó como intérprete y director de western hasta el 92, con Sin perdón, cuando ya llevaba 28 años interpretándolos y 16 dirigiéndolos. Como tantas veces, el público acertó muchos años antes. Pero al final hubo resa dei conti. Suene Morricone triunfalmente.
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