Una de d'Ors

No salgo en la biografía de don Álvaro d'Ors, pero él no sale, por fortuna, de la mía

Acaba de publicarse una gran biografía de don Álvaro d'Ors (1915-2004) a cargo de Gabriel Pérez Gómez, su yerno, titulada Sinfonía de una vida. Nada más recibirla corrí al índice onomástico por si se me mentaba. Naturalmente, no. Mi excusa racional era que en mi segundo libro de poemas rendí un homenaje a la estirpe de los d'Ors, o sea, al padre de don Álvaro, el filósofo y periodista; a él, el jurista y pensador político; y a su hijo mayor, el poeta y maestro, que tan importantes habían sido todos para mí. El poema se titulaba "Orstodoxia" y rezaba: "Primero, Eugenio./ Después, don Álvaro./ Ahora, Miguel.// No hay d'Ors sin tres".

Pero en el fondo no era por el poema, por supuesto; sino una ilusión refleja, candorosa, subconsciente. Don Álvaro había sido tan esencial para mi biografía que, por simetría y justicia distributiva, ¿no tenía que aparecer yo en la suya? Como lo del avestruz, pero al revés: piensa la gran ave africana que si ella no te ve, tú no puedes verla, y que basta con esconder la cabeza para pasar desapercibida. Ese razonamiento también lo hacen los niños. Y mi ingenuidad lo hacía, aunque al contrario, biografía por biografía.

No piensen ustedes que me entristeció el chasco: que la vanidad salga vana es lo más etimológico y jocoso del mundo. Lo bueno es rentabilizar ese ridículo para reflexionar. Por ahora sólo he leído (dejando ya los índices en su sitio) la infancia, y está siendo delicioso, lleno de noticias curiosas suyas y de sus padres. Pero ya sé en carne propia que, más allá de los datos claves de cada biografía, hay un sinfín de detalles, contactos y beneficios hechos a otras personas que se quedan fuera. Pienso que mi caso (el de un alumno recién llegado que se sintió especialmente acogido por el maestro, que vio que lo mío, más que el Derecho Romano, era la pasión por la literatura y el amor a la historia de España, y me dedicó tres o cuatro mañanas unos ratos inolvidables) será de lo más común y multiplicado entre sus muchos alumnos y sus muchos años de docencia en la Universidad de Santiago y en la de Navarra, donde yo le cogí por los pelos, dándonos ya sólo algunas clases como emérito. Ser una persona sabia y buena debe ser eso: que la biografía de uno, siendo apasionante, sea sólo la punta del iceberg de todo el bien que se desparramó de paso, desproporcionadamente, y que, en su mínima parte alícuota, para mí se queda, inmensa.

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