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ANDRÉS Iniesta va camino de salir este año a hombros hasta del Santiago Bernabeu. A Guardiola le ha gustado eso de sustituir al jugador de Albacete cuando el partido va expirando, y el Barça ganando, claro, para que los aficionados españoles reconozcan el papel decisivo que Iniesta jugó en la final del último Mundial, con un gol que lo ha encumbrado ya en la historia futbolística de España.
Pero el sábado pasado el cambio le salió rana al bueno de Pep, y San Mamés, la catedral del fútbol, silbó a Iniesta como si jugara en el estadio más hostil de Holanda. Quienes comentaban el partido para la televisión se apresuraron a explicar que los pitos al jugador estaban motivados por la entrada que costó la expulsión a Amorebieta. Incluso si aquello fuera cierto, la bronca hubiera sido igualmente injustificable.
Porque Andrés Iniesta no se mereció ese trato, como San Mamés no merecía que su historial de campo sabio se emborronara con una acción que dejó en muy mal lugar a una afición que siempre ha sabido animar a su equipo como nadie. La catedral, esta vez, no se arrodilló ante Iniesta, ante un jugador como la copa de un pino que generalmente se dedica a jugar y que rara vez, no digamos siempre, se decanta por simular una lesión. Iniesta no tenía que pedir perdón por la entrada de Amorebieta. Estaría bueno. Ni San Mamés tendría que haberle recriminado una supuesta exageración de la entrada. El defensa vasco, sin embargo, se fue del campo casi como un héroe. No tiene sentido.
En el fondo, aunque cueste reconocerlo, en San Mamés pesó el hecho de que Iniesta le diera el Mundial a España con su gol, como Casillas se lo dio con sus paradas o Villa con sus primeros tantos. Cuesta creerlo, pero parece que es así. Igual ahora nos hubiera gustado a muchos que Fernando Llorente fuese el jugador que marcara el tanto decisivo en la final frente a Holanda. Y a pase de Javi Martínez. ¿Se les aplaudiría en toda España menos en Bilbao?
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