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Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

Un año no ha sido nada

Los mismos problemas resurgen tras 365 días fugaces, que nos parecían eternos

Los años son convenciones de los humanos, pero a fuerza de hablar de ellos, acabamos interiorizando el curso de 365 días en nuestra mente y nuestro cuerpo. Ahora, en estas jornadas de primavera invernal, se cumple un año desde el estallido de todo. En este periodo corrido entre cuatro estaciones, la muerte y el asombro parecían haber redefinido las costumbres, las horas y los lugares. Hace un año justo, por poner un caso, emprendí con un mi mejor buen amigo un camino y, hasta llegar al Bierzo, lugar de partida, la principal incidencia fue el corte de las carreteras del mundo rural olvidado, mesetario, interior. En Cataluña ardía el independentismo. Trump, Bolsonaro; el Brexit. Justo de vuelta de Galicia, fue decretado el confinamiento de las personas. Surgía la desazón colectiva, el folclórico alarde de la solidaridad a la caída de la tarde, la muerte en estadísticas cotidianas: un parte de una guerra sorda que parecía habernos cambiado la forma de existir. Lo que era candente, se desvaneció. ¿Lo hizo?

Todo eso queda tan atrás. Un año eterno, pero fugaz. Nunca unas circunstancias de temor y amenaza en la vida de quien no vivió una guerra armada fueron tan radicales. Se acalló la eclosión natural de conflictos mundiales, nacionales, locales. Emergió la pandemia. Ahora, en este nuevo marzo, tomamos conciencia, entre la tribulación. Muchos se han ido de forma prematura, mayormente los mayores. Pero los problemas sólo se habían diferido, a cualquier nivel. Trump ha caído; su alma simple y enrabietada pervive. En Cataluña, anteayer, los resultados de las elecciones regionales vuelven a mostrar, descarnado, un conflicto político: el independentismo aúna a burgueses conservadores, a izquierdistas de origen sureño, a antisistemas, contra a una España puesta en duda. ¡Era cuestión de tiempo! El agua busca su salida.

La brecha de intereses entre jóvenes que no mueren por el virus y sus mayores -padres y, sobre todo, abuelos- se ha abierto como quizá nunca antes. En este mismo fin de semana, la Policía se ha dedicado a intervenir en fiestas, cientos de fiestas: también la juerga ha buscado su salida. Los pisos turísticos de un día -cómo se puede permitir eso, pregunto- dan cancha a las ganas de divertirse entre quienes de forma natural tiran al monte. Mientras, los hoteles languidecen, presos de la normativa. Un año de devastación no ha concienciado casi de nada; diríase que este año fue una pompa de jabón, una ilusión. Queda todo por delante, de nuevo.

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