El Palillero

El amor en los tiempos de Pilar

Pilar Paz se jugó su carrera literaria, pero ella contaba que jamás se arrepintió. Su poesía era ajena a la burocracia

Pilar Paz Pasamar prefería lo esencial a lo accesorio. Entre su carrera literaria y el amor, eligió el amor que era lo más poético. Hay un momento determinante en su vida: año 1957. Entonces una joven escritora que vivía en Madrid decide venirse a Cádiz, para casarse con Carlos Redondo. Ahí empieza la trayectoria gaditana de esta mujer poética, poetisa o poeta, que había nacido en Jerez en 1933 y que vivió después dos décadas en Madrid, a donde fue destinado su padre, un militar llamado Arturo Paz. En Madrid, en su juventud (cuando las llamaban poetisas y no escribían pamplinas en Twitter), se daba a conocer como una gran promesa.

Pilar se jugó su carrera literaria, pero ella contaba que jamás se arrepintió. La suya era una poesía ajena a la burocracia. Muy joven, en 1951, publicó Mara, que la puso bajo la luz de una España lánguida. El libro estuvo prologado por Carmen Conde, que ejercía de referencia para ella y otras jóvenes como Ángela Figueras y Concha Lagos, que intentaban abrirse paso entre una poesía fieramente masculina, en un mundo angosto de cafés literarios, ateneos y academias, donde a pesar del exilio quedaban titanes como Gerardo Diego y Dámaso Alonso, o como Vicente Aleixandre, recluido según los mitos en su casa de Wellingtonia 3.

En 1954, cuando publicó Los buenos días, ganó el accésit del premio Adonais, que era el descubridor de los poetas. A veces acudía al Café Gijón, a veces a veladas y tertulias en casas particulares. Ese Madrid, que se sacudía los años del hambre, tenía vida interior. Pero a Pilar también le atraía la vida exterior, reflejada en sus cartas con Juan Ramón Jiménez, que le auguraba un gran futuro.

El futuro era la vida que ella misma quiso vivir. Una vida en Cádiz, retirada de las pompas y vanidades. Entre 1960 y 1967 publicó tres libros de poesía y prosa, mientras criaba a sus hijos. Después optó por un periodo de casi 15 años de silencio literario. Se quedó viuda en 1995, pero nunca se quedó huérfana de Cádiz. Aquí recibió la amistad y muchos elogios de José María Pemán. Contaba que a Fernando Quiñones lo conoció en un curso de verano, cuando era soldado de Infantería de Marina.

Pilar Paz, en sus últimos años, fue la madre literaria de Cádiz. Ana Sofía Pérez-Bustamante le publicó ediciones, Juan José Téllez le organizó homenajes en el Centro Andaluz de las Letras, yo la había animado a publicar sus reflexiones en el Diario… Pudo llegar mucho más lejos, como poetisa o como poeta, pero le daba igual. Todas sus palabras se resumían en el amor.

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