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El altar mayor del Carmen y la cofradía

La hermandad carmelitana tuvo un importante protagonismo en la ejecución del retablo principal de la iglesia de la Alameda El proceso se alargó más de una década

ES por todos consabido el inmenso tesoro devocional y artístico que a la sombra del elegante trazado de sus espadañas alberga nuestra iglesia del Carmen de la Alameda, este recinto sagrado que la piedad gaditana quiso levantar en honor y gloria de la Reina del Carmelo, como testimonio emergente de la especial devoción que profesa nuestra ciudad desde tiempos pretéritos a la que es Estrella del Mar. No en vano, sus muros aún conservan como valiosas reliquias un reducido número de entrañables exvotos a modo de pintura 'Naif', alusivos a los milagros atribuidos a la Virgen del Carmen.

Éstos adornaban hasta hace escasos años la galería de tránsito (entrando por la calle Carmen coronada) paralela y de acceso al templo y están ubicados hoy en dependencias conventuales.

La magnitud artística de esta iglesia adquiere su mayor esplendor en el fastuoso retablo mayor, de amplio repertorio iconográfico carmelitano. Está presidido por la imagen de la Virgen del Carmen, que en 1638 tallara Jacinto Pimentel, proveniente junto con su cofradía de la iglesia de Santo Domingo (en 1761).

Los santos reformadores Teresa de Jesús y Juan de la Cruz se sitúan en las calles laterales, aunque debido a la remodelación del retablo se alteró la escena inicial de ambas efigies, pasando de la mística contemplación a la imagen de la Virgen, a la adoración al Santísimo Sacramento.

Finalmente corona el retablo el relieve que reproduce la secuencia del Rapto de Elías, relatada en el segundo libro de los Reyes (2, 1-18).

Los desvelos de estos cofrades del siglo XVIII, en constante colaboración con los religiosos carmelitas, bien de orden económico o de cualquier otra índole, posibilitaron en gran medida erigir esta grandiosa morada para tan venerada imagen.

Hasta la actualidad se desconoce a ciencia cierta la autoría de este retablo. Algunos autores lo vinculan con la obra de Gabriel de Arteaga, extremo que aún no se ha podido confirmar.

Sí podemos afirmar que fue a este artífice a quién confió la Archicofradía del Carmen la realización del camarín de su titular.

El tallista presupuestó esta obra en 18.612 reales de vellón (r.v.), según recibo expedido el 9 de julio de 1774.

Y al maestro Arteaga también le debemos la ejecución de la magnífica peana que actualmente sustenta a la Virgen del Carmen en su camarín. Recibió por ello 1.056 r.v., a excepción del dorado y estofado, según consta en la carta de pago conservada en el archivo de la hermandad con fecha 14 de marzo de 1774. El policromado y dorado de la peana se fijó por la cantidad de 1.000 r.v., como así se refleja en la partida que en ese mismo año elaborara Juan de Andújar.

En escritura pública celebrada el 6 de marzo de 1761 y rubricada por el notario Fernando de la Parra, en su capítulo primero, la hermandad se compromete "a construir a sus expensas el camarín central del altar mayor, para cobijar en él a la imagen de la Virgen del Carmen de su propiedad".

El 4 de marzo de 1763, el prior del convento recibe la cantidad de 400 pesos como ayuda para sufragar gastos del retablo y en prueba de la buena armonía que reina entre ambas partes.

En el cabildo del 22 de noviembre de 1772 se decide empezar a hacer las gestiones necesarias para la ejecución del camarín. Para acometer esta obra con la legalidad vigente de la época, se solicita al reputado arquitecto de la ciudad Torcuato Cayón (1725-1783) la supervisión y aprobación del diseño que Gabriel de Arteaga ideara para su construcción. Los honorarios de dicho arquitecto fueron de 80 r.v., los cuales fueron sufragados por la hermandad.

Del mismo modo consta que el 15 de diciembre de 1773 el prior del convento Fray Francisco de la Anunciación, recibe 30 pesos de 28 cuartos a cuenta de los 60 que importan la construcción de dos columnas que han de sostener el futuro camarín.

El inventario de 1781, elaborado por Tomás María de Campos (mayordomo entre 1767 y 1782), describe minuciosamente su antigua configuración "camarín alto", como lo llamaban los antiguos.

En cuanto al dorado se refiere, por ausencia de datos al respecto, nos inclinamos a pensar que no se produjo. No transcurriría una década cuando este retablo mayor sería sometido a una profusa y amplia remodelación.

Esta remodelación afectó en gran medida al conjunto del retablo, cambiándose la disposición inicial a la inversa.

Entiéndase esta expresión como la parte más importante del retablo (Tabernáculo, manifestador y camarín).

Será en el cabildo del 24 de febrero cuando Antonio Mazuco (mayordomo entre 1782 y 1787) por deseo de un grupo de hermanos expone la conveniencia de bajar el camarín para que la imagen recibiera la veneración de sus devotos en lugar más cercano. Esta proposición, que fue acordada anteriormente con el prior del convento, sería aceptada tras varias e intensas deliberaciones.

Las obras consistirían en la bajada del camarín al lugar del manifestador, y este último se colocaría encima del citado camarín, que es como lo contemplamos en la actualidad.

Su anónimo autor valoró todas estas reformas en 9.767,15 r.v., incluyéndose además la limpieza de la talla, la restauración de dos ángeles y la realización de la escultura que simboliza la Fe, que remata todo el conjunto.

Estos trabajos comenzaron el 9 de abril de 1782 finalizando el 19 de noviembre de ese mismo año, a excepción del dorado.

Por apremio del prior Fray Diego de la Madre de Dios, el mayordomo expuso en el cabildo celebrado el 29 de septiembre de 1783 la necesidad de reanudar las obras de reforma del retablo, pues el dorado de la parte que corresponde a los religiosos se encontraba en un estado muy avanzado, mientras que por el contrario la parte que afecta a la cofradía se hallaba parada. "Acabar de perfeccionar el camarín y también la de dorar todo el cogollo", reza en el acta de ese cabildo.

El 15 de octubre de 1783 se expone que el carmelita Fray Antonio de San José está realizando el dorado de la parte del retablo correspondiente al convento, por lo que entienden que sería conveniente que ejecutara también el dorado del Cogollo, calle central del retablo, que corresponde a la cofradía. Todo ello por 9.000 r.v.

No fue nada fácil convencer a los diputados de obras y fiestas Juan de Andújar y Nicolás Vargas, que convinieron con otro dorador ejecutar el trabajo por 12.000 r.v., consiguiendo rebajarlo a 9.000 r.v. Finalmente y tras largas conclusiones se le encomendaría la labor del dorado al citado religioso carmelita.

Fray Antonio de San José percibió el importe de la siguiente forma: 12 de diciembre de 1783, 2.000 r.v. Durante el año 1784 recibió tres pagos por importe de 6.500 r.v., los días 27 de marzo (3.000 r.v.), 9 de junio (2.000 r.v.) y 29 de diciembre (1500 r.v.). El acuerdo concluyó con el pago de 500 r.v. el día 19 de marzo de 1785.

Por considerar este religioso no haber calibrado el trabajo en su justo valor, fue gratificado con 1.500 r.v. más del precio convenido (Cabildo del 28 de mayo de 1785).

Este retablo de forma cóncava consta de tres calles. La central concebida para el culto eucarístico y mariano.

Principalmente motivado por las reformas litúrgicas el manifestador alto cayó en desuso, conteniendo actualmente una imagen del Niño Jesús de tradición montañesina. Hasta hace escasos meses se encontraba en la Sacristía del convento una custodia de plata sobredorada a fuego, de grandes proporciones, la cual estaba destinada para el culto al Santísimo en el mencionado manifestador.

Como consecuencia del largo período de tiempo que este ostensorio estuvo inactivo, se desconoce la suerte que corrió el viril original. Gracias a una donación se le dotó de uno nuevo, para así poder utilizar esta presea en los cultos eucarísticos de nuestra iglesia

En contadas ocasiones se encuentra a S. D. M. en el Sagrario del altar mayor. Por ello según el tiempo litúrgico que fuere, se alternaba la puerta de madera del mencionado Sagrario, que reproduce la escena de la Última Cena, por otra de plata en su color con labrados de motivos eucarísticos. Actualmente estas piezas se encuentran custodiadas en la clausura conventual.

Sirvan estas líneas para agradecer a los religiosos del Carmelo, así como a los cofrades carmelitas gaditanos que nos precedieron, el importante legado que hemos heredado para el culto a Dios y a su Madre bajo la advocación del Carmen, y para el más que interesante patrimonio religioso-histórico-artístico de nuestra ciudad.

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