SI lo que nos preocupa, porque debería, es el impacto individual y social de la adicción a ciertas sustancias y no otras consideraciones, la división entre drogas legales e ilegales resulta obsoleta. Socialmente, beber alcohol y fumar tabaco de forma excesiva puede estar mejor visto o ser más tolerado que fumar porros, pero desde el punto de vista de la salud la comparación ya es más discutible.

Lo discute, por ejemplo, un prestigioso científico británico, David Nutt, que en un trabajo recientemente publicado en la revista The Lancet concluye que el alcohol (legal) es la droga más dañina, por delante de la heroína y el crack (ilegales). La polémica ha sido inmediata, porque la industria y el comercio de bebidas alcohólicas son actividades perfectamente respetables y asentadas en nuestra cultura, mientras que los traficantes de drogas son miserables negociantes con el dolor y la adicción ajenos.

Lo que ha hecho Nutt ha sido evaluar el peligro de las sustancias, pero en vez de basar la clasificación sólo en los perjuicios que causan directamente al consumidor (mortalidad, daños mentales, pérdidas de relaciones, económicas, etcétera) ha aumentado el peso de los indicadores de carácter colectivo. Ahí entrarían también el peligro de provocar un accidente bajo los efectos de cada droga, los problemas de convivencia familiar, el coste económico de un posible tratamiento, la incitación a delinquir... Considerando todos los factores en su conjunto, el alcoholismo deviene más dañino que la heroína y la cocaína, y el tabaco más que el cannabis, el éxtasis y la metadona.

Con todo, son afirmaciones que necesitan ser matizadas. Por una parte, el riesgo del alcohol es mucho más elevado por una razón cuantitativa: es la sustancia más consumida en toda Europa de las veinte que se analizan en el estudio de The Lancet. Tres de cada cuatro españoles, por ejemplo, lo toman habitualmente. A mayor exposición, más peligro, claro. Por otra, estamos hablando siempre de un consumo constante y alto, que crea dependencia y altera la personalidad de quien lo realiza. Nada que ver, pues, con la ingesta de vino en las comidas o la copa aislada que acompaña ritualmente las relaciones sociales y conforma una cultura del saber beber tan propia de los países de nuestro entorno.

En fin, el trabajo de Nutt no debe ser tomado al pie de la letra, sino como una llamada de atención y un motivo de reflexión sobre el pensamiento tópico dominante en materia de drogas. Un tío que se fuma un canuto para ponerse alegre en una reunión de amigos no es un drogadicto ni tiene por qué caer en la dependencia. Exactamente igual que su compañero de farra que en vez de canuto prefiere un par de whiskys. El exceso y la constancia son los dañinos.

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