LO primero que percibí al aterrizar en Maiquetía fue un aire caliente que no olía a los olores que tenía guardados en la memoria de mi vida. JJ Armas Marcelo, con el que bajé la escalerilla del avión, me dijo que era el petróleo, el caldo que inundaba aire. Era la alta madrugada. Nos esperaba una furgoneta para trasladarnos a Caracas. La radio se prendió cuando arrancó el motor el chófer. Julio Iglesias. Juancho Armas me dio con el codo y me dijo con su inconfundible acento canario: "Hay que joderse, es el cantante más universal de España". No me sonó a reproche sino a constatación. Inmediatamente me veo en la terraza del piso no sé cuantos del Caracas Hilton viendo amanecer, las luces de los ranchitos encendidas en las laderas del monte Ávila. Digo que con el sol fuera, horas después, esa luminaria ascendente había dado paso a la verdadera costra de esa ciudad que empecé a comprender enloquecida, de fulgurante, jovencísima y extraordinariamente dinámica. Los ranchitos eran la cara venezolana de la miseria y el hambre, como las favelas brasileñas o las villa miserias de Buenos Aires, Lima o Santiago... Del mismo modo que, años después, un viejo poeta amigo, ex sacerdote, Manolo Avezuela, sintió que los EEUU eran "su tierra" yo me sentí bautizado por ese mundo casi infinito, tierra pródiga de gentes cariñosas, generosas y amigas. No he dejado de estar atento a todo lo que le ha venido aconteciendo, en particular desde el golpe de Hugo Chavez. Con verdadero estupor fui sabiendo de todas sus desgracias, especialmente la violencia creciente, que da un saldo cercano a las 20.000 personas muertas violentamente cada año. Imposible comprender cualquier contingencia nacional sin esta premisa. Que debe sumarse al hambre de sectores cada día más elevados de su población. Un país que habita sobre un océano de petróleo, con una naturaleza de lo más pródiga y generosa, soporta tasas de hambre y miseria sin parangón. Y una violencia tremenda. Ahora encara una semana decisiva que tendrá consecuencias sobre su inmediato futuro. Es difícil desde Europa, y con criterio eurocéntrico, comprender ese mundo inaprensible y jovencísimo. Las desigualdades son inaceptables, las élites derrocharon el capital, la corrupción ha sido el santo y seña. Maduro y Capriles, los dos contendientes a la Presidencia, representan las dos mitades de Venezuela. Digo que los pobres que no tienen nada y los miles y miles de cuadros chavistas que se negarán a abandonar el poder, y Cuba, que perdería más que nadie, arropan a Maduro, a quien Chavez dio el dedazo moribundo. Capriles agavilla la oposición al chavismo, la idea de un Estado social y democrático de Derecho. Una tragedia si Venezuela no levanta la cabeza. Ojalá me equivoque.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios