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Transversal

La transversalidad puede ser una solución para evitar a los extremos en Andalucía. Pero en España resulta rarísima

Una cuestión previa: tenemos un influjo alemán en lo político, pero lo disimulamos. En la Transición, nuestra democracia se fijó en Alemania para su reforma política, quizá porque ellos pasaron desde el nazismo a la democracia. La Fundación Konrad Adenauer (o sea, los demócratas cristianos de la CDU) asesoró a la UCD de Adolfo Suárez, que fue un partido con demócratas cristianos, aderezado con otras incorporaciones de liberales y centristas varios. Y la Fundación Friedrich Ebert (o sea, los socialdemócratas del SPD) asesoró al PSOE de Felipe González, que convirtió en estatuas de sal a los socialistas históricos, cuando salieron de la noche de los tiempos. Así nació nuestra democracia bipartidista.

Cuando la UCD se hundió, el PP tomó el relevo. Empezó otra alternancia en 1995. Pero, en la segundad década del siglo XXI (y ya vamos por la tercera), el bipartidismo se debilitó en Alemania y en España. En Alemania, inventaron la gran coalición entre los demócratas cristianos y los socialdemócratas, que permitió a Angela Merkel seguir gobernando cuando perdió la mayoría. Y ahora han inventado el semáforo transversal (rojo, naranja y verde), entre los socialdemócratas, los liberales y los verdes. Así Olaf Scholz, del SPD, es el nuevo canciller. Y han puesto de moda el pacto transversal.

La transversalidad puede ser una solución para evitar a los extremos en Andalucía. Pero en España resulta rarísima. Hemos tenido un caso para la aprobación del presupuesto del Ayuntamiento de Madrid. José Luis Martínez Almeida, del PP, que gobierna en coalición con Begoña Villacís, de Ciudadanos (y no han roto), consiguió el apoyo de los ediles carmenistas de Recupera Madrid, grupo segregado del Más Madrid de Errejón. Y así evitaron el boicot de Vox, que en ese Ayuntamiento tiene como líder a Ortega Smith. Entre las concesiones, han incluido que Almudena Grandes sea Hija Predilecta de Madrid a título póstumo. Así funciona este país, a base de gestos, con homenajes y castigos a los difuntos.

Al no haber transversalidad, tampoco hay consensos. El último ejemplo es la reforma laboral. Como ya escribí, Pablo Casado se equivoca al no apoyarla en el Congreso. El presidente de los autónomos de ATA, Lorenzo Amor, dijo en TVE que le extrañaba ese rechazo, ya que la reforma pactada mantiene la del PP de Rajoy en un 95%. Eso es lo que debió decir Casado; y, de paso, convertiría en innecesarios a los independentistas catalanes y vascos para aprobarla. Con lo cual dividiría a Frankenstein. No hay que decir siempre "no es no". La transversalidad debería ser posible a veces.

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