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Fernando Mósig

De la Salud a la iglesia del Carmen

LA historia posterior de la imagen tallada por Cirartegui y convertida en titular de la Cofradía del Santo Entierro presenció el desmoronamiento de las otras dos fundaciones parodianas: la propia hermandad funeraria, que pronto decayó y quedó inactiva, y finalmente la ermita de la Salud, cuya decadencia y ruina fue tan total que no ha quedado rastro visible de ella.

Todo ello no fue sino un reflejo de los vertiginosos procesos históricos y los tumultuosos sucesos locales que acaecieron durante el inestable primer tercio del siglo XIX. Una época de transformaciones cruciales y profundos cambios estructurales durante la que se produjo "la laboriosa gestación de la España contemporánea". Epidemias, desastres navales, Guerra de la Independencia, enfrentamientos entre absolutistas y liberales, emancipación americana, crisis económica… La antaño prometedora Real Isla de León -decadente Ciudad de San Fernando desde 1813- fue escenario de algunos de los acontecimientos políticos más señalados y trascendentales de esta época, como es harto sabido.

Tras atemperarse la prohibición de salida procesional dictada en 1796 por Madrid y conseguidos los permisos episcopales oportunos, la primera procesión de la nueva Cofradía del Santo Entierro tuvo lugar el Viernes Santo de 1799. La misma se repitió durante todos los años siguientes hasta 1807 inclusive. La Virgen de la Soledad formó parte también de la mayoría de estas procesiones sepulcristas -si no de todas ellas-, comenzando así unas estrechas, largas y conflictivas relaciones entre ambas asociaciones religiosas isleñas.

Y no sólo se retomaron las procesiones conjuntas. La Cofradía del Santo Entierro organizó también la ceremonia sacra del Descendimiento en el atrio de la Iglesia Mayor Parroquial en 1803, tal como hacían muchas otras hermandades homónimas del reino de Sevilla y del resto de España. La imagen del Santo Cristo yacente tuvo que ser adaptada para este ritual barroco mediante la incorporación de brazos articulados, si no lo estaba ya originariamente. Esta ceremonia litúrgica tan teatral sólo se repetiría dos veces más en esta ciudad durante aquella centuria. Pero la Hermandad de la Soledad la tuvo siempre en su recuerdo como opción alternativa a lo que le había sido arrebatado.

Coincidiendo con el inicio de la Guerra de la Independencia vino el decaimiento y la inactividad. La joven cofradía del Yacente quedó inerte y rígida. El incansable y omnipresente don Santiago Parodi suscitó la fundación de otras asociaciones en la ermita de la Salud para que velaran por su sostenimiento: la propia Hermandad de la Virgen titular (1802), la Hermandad de la Santa Caridad (1805)… Incluso ofreció el pequeño templo como residencia para los religiosos capuchinos que habían arribado a la acogedora Real Isla de León huyendo del invencible y anticlerical ejército napoleónico (1810). Los hijos reformados de San Francisco de Asís se cobijaron en la ermita parodiana, acabaron tomándole querencia, y trataron de fundar en ella un hospicio de su seráfica orden. Una aventura que duró ocho años y que acabó bruscamente a causa de las airadas protestas de los religiosos del veterano Convento del Carmen que no querían competencia frailuna en sus dominios.

Parodi murió a edad avanzada en la década de 1820. Las pertenencias de naturaleza religiosa halladas en el caudal relicto del sacerdote genovés fueron entregadas a la iglesia parroquial por sus herederos, entre ellas la imagen primitiva del Santo Entierro que había desembarcado en Cádiz en 1790 procedente de su patria italiana y que había protagonizado las primeras procesiones conjuntas con la Hermandad de la Soledad. Esta asociación solicitó entonces venerar la supina efigie ligur en su propio altar y retablo del primer templo isleño, lo que le fue denegado una vez más por las autoridades eclesiásticas en virtud del antiguo monopolio legal parodiano.

La frustrada iniciativa soleana bastó para que, como reacción, se suscitara la refundación de la Cofradía del Santo Entierro, que llevaba más de veinte años inactiva. Parodi yacente parecía seguir moviendo los hilos desde su santo sepulcro. Pero los reorganizadores tuvieron la profética visión de no proceder al restablecimiento de la corporación en la alejada y suburbana ermita de la Salud. Buscaron una sede más próxima al centro de la ciudad y de mayor empaque, acorde con la alta categoría social de los que capitaneaban esta brillante reorganización sepulcrista.

La iglesia conventual del Carmen fue el templo elegido. Se suscribieron acuerdos y convenios de cesión con los hijos de Santa Teresa de Jesús y San Simón Stock. Se contó esta vez, además, con las bendiciones episcopales gaditanas. La jurisdicción eclesiástica triunfaba ahora sobre los antiguos gobiernos ilustrados y regalistas que otrora quisieron someterla.

La imagen cirarteguiana fue trasladada desde la Salud al Carmen en la festividad de la Inmaculada Concepción de 1830. Una vez expuesta a la veneración pública en su nueva y magnífica sede canónica, sí, vino la época dorada en el convento isleño. El estrecho, fructífero y perdurable vínculo de la hermandad sanfernandina con la orden carmelita teresiana, lazos que continúan felizmente en nuestros días.

Bien hicieron los reorganizadores del Santo Entierro en trasladarse de sede canónica, pues la ermita de Nuestra Señora de la Salud acabaría pronto arruinándose y siendo desbaratada para utilizar sus materiales en la mejora y reparación de otros templos isleños. No corrían buenos tiempos para la Iglesia gaditana decimonónica como para mantener a ultranza ermitas de historia polémica. Y la venganza es un plato que se sirve bien frío. La apasionante y accidentada historia de la capilla de Nuestra Señora de la Salud había durado poco más de medio siglo. De todo el legado parodiano subsistieron la cofradía fundada en 1793 y la imagen tallada en 1794 por el escultor vasco carraqueño.

(continuará)

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