la hache intercalada

Pilar Paz / Pasamar

Reflexiones desde la butaca

DE las de enea, que son las más fresquitas, nos disponemos a disfrutar frente al televisor de los Juegos Olímpicos 2012. Se trata del acto inaugural y en un Londres atestado de participantes y público llegado de todas latitudes. Griegos, y romanos después, crearon esta competición deportiva, y también que se celebra, es obvio decirlo, en agosto cuyo augusto nombre, valga la redundancia, se relaciona con vocablos como recogida de cosecha, ganancia económica, beneficio y ahorro, algo muy distinto a lo que ocurre en buena parte de los países competidores, sobre todo de los europeos. Inglaterra, que lo es, muestra su magnificencia en calidad de anfitriona, pero debo recordar que las reflexiones parten del público televidente y lejano, aunque no por ello menos dispuesto a la crítica o al disfrute y con derecho de opinión. Y también de la ilusión porque las imágenes crean esperanzas que nos hacen descansar de la atención diaria, atenta a los dificilísimas circunstancias bursátiles y políticas por las que atraviesa nuestra patria en relación con los mercados de la UE.

El largo acto de presentación ha generado opiniones en contra de haber dilatado la presencia abanderada de los equipos por la inclusión de un espectáculo de nurses con paraguas, el inevitable Peter Pan y otros diversos personajes literarios o creados para secuencias cinematográficas, cómicos, personajes históricos basados en el siglo XIX ,el llamado Industrial, y las esforzadas sufragistas, a quienes tanto debemos las mujeres pero que no pintaban nada en los Juegos Olímpicos aunque, sí en la historia. El añadido del muestrario de los genios ingleses inclinó la balanza de la crítica -foránea, por supuesto- para que se considerara el énfasis como producto británico. Puede compensarse, no obstante, esta capacidad enfática por el humor al que llamamos inglés y que, de todas, todas, es especialmente divertido. Y demos por bueno también, a los sones del himno: "Dios salve a la reina", el inevitable orgullo de los ganadores, énfasis justificado y puro del que, al subir los escaloncillos del podio, enseña la medalla obtenida mientras una imaginaria corona de laurel se enciende bajo las luces del Estadio Deportivo.

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