Efecto Moleskine

Ana Sofía Pérez Bustamante

Queen Charo Bolaño

Mi amiga Charo Bolaño es joven, bella en cualquier sentido de la palabra, atraviesa una quimio que la tiene baldada y se defiende hablando con sus amigos por Facebook. (Ustedes ya saben que el factor que más nos prolonga la vida es la sociabilidad: el calorcito humano.) Mi amiga Charo me manda un enlace a un vídeo de un tal Jaime Altozano que analiza “Lo que nadie está diciendo sobre El mal querer”, el último disco de Rosalía. Me quedo patidifusa y maxilocolgante: Dios mío, qué enorme complejidad la de la música, qué belleza de voz, qué inteligencia compositiva, y qué mundo conceptual apasionante el que nuestra educación musical (nefasta si no fuera inexistente) nos ha negado. Menos mal que a la música accedemos sensorialmente a pelo, tal cual, y nada nos impide, cuando la música nos posee, tocar el cielo, sentir la euforia del Big Bang. La música te envuelve y te traspone y eso lo ha sabido el mono sapiens desde las cuevas. En Cádiz es muy sabido: que los vellos se ponen de punta y los pelos como escarpias. Pero bueno, esto es como el amor: que todo el mundo sabe de qué va pero para todos y cada uno resulta una revelación brutal cuando se experimenta. Por primera o por enésima vez: revelación divina. Muchos de mis recuerdos más intensos son musicales. Pienso en la primera gran regata, donde en medio de la noche portuaria sólo lucían los mástiles de los barcos empavesados y una charanga uruguaya, junto con unos extraños saudíes vestidos con kilt, tocaban los tambores y las gaitas y daba la impresión de que la piel sobre la que vibraban era la del propio bajo vientre. Qué extraño pensar que percutimos como instrumentos y sentimos que en las ondas rebosamos nuestro propio cuerpo para abrazar infinitamente el espacio a través del aire. A lo que iba. Creo que esto debe terminar con un disco dedicado. “Who wants to live for ever?”, cantaba Freddy Mercury: no quería sobrevivir al amor. (Ya lo dijo Cernuda: “No es el amor quien muere. Somos nosotros mismos”.) Pero aún nos queda vida, y nos queda el amor. La delicada amistad, con sus intensas sorpresas compartidas, mi querida Charo Bolaño Wilson.

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