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Una de las tercas obsesiones de la cultura contemporánea es evitar a toda costa que el individuo se aburra. Hemos construido un mundo repleto de entretenimientos, atento siempre a llenar nuestras horas vacías de recreos e historietas. Habría que preguntarse si esa intolerancia del aburrimiento, claramente promovida por la autoridad, es bienintencionada o si, en cambio, responde a una estrategia de fines narcotizantes. El filósofo Santiago Alba Rico nos ofrece la primera pista. Hay dos formas, afirma, de impedir pensar a un ser humano: una obligarle a trabajar sin descanso; la otra, obligarle a divertirse sin interrupción. Y es que, como bien apuntan los psicólogos, aburrirse, sobre todo en los más jóvenes, es un formidable detonante de la creatividad, una ocasión singular de conocerse a uno mismo y de poner en duda cuanto nos manifiestan inamovible.

En un librito aún no traducido -Boredom: A Lively History-, Peter Toohey, profesor en Calgary, argumenta que no hacer nada sirve de mucho: nos permite razonar, estimula nuestra inventiva, nos impulsa a buscar nuevos caminos. Si eso es cierto, que parece que lo es, ¿de dónde entonces su pésima fama? Pues probablemente de los riesgos que percibe el poder. Se intuye muy peligroso que un ciudadano sea capaz de cuestionarse la realidad, de replantearse los principios que la rigen. Para eso hace falta tiempo, un tiempo teóricamente muerto, y de ahí el frenético afán de nuestros dirigentes de atestarlo con lo que sea.

Hoy en día se ha declarado la guerra al aburrimiento, una sensación potencialmente subversiva, desuniformadora, incómoda para una estructura que nos necesita acríticos, apresurados, distraídos en la peor acepción del término. Inventos como el de la escuela divertida disfrazan de progreso lo que no es sino la sustracción de un destino personal, único, reflexionado y reflexivo, surgido de un monólogo interior imprescindible para afrontar con criterio la vida.

No se trata tanto de comercializar todos tus instantes -que también- como de fomentar una alienación dulce. El aburrimiento, señala el poeta Joseph Brodsky, representa el tiempo en toda su pureza, en todo su monótono esplendor. "Pone tu existencia en perspectiva y el resultado neto es precisamente el conocimiento y la humildad". Es ese logro suyo, que horroriza al sistema, lo que mejor explica la perversa constancia con la que éste lo denigra y, hurtándonoslo, sibilinamente lo prohíbe.

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