Primeros planos

javier / anso

Pan con carne

HACE unos días tuve una reunión en el antiguo Seminario San Carlos y San Ambrosio, de La Habana. Desde ese espléndido edificio hace casi 300 años se ilumina a Cuba y a su Iglesia. Llegué a mediodía. Y me emocioné al ver a decenas, cientos quizás, de jóvenes que iban a almorzar tras asistir a los cursos de verano que organiza la Iglesia habanera. Cientos de jóvenes, probablemente, como aquellos otros cientos que escuchaban en el mismo lugar, llena el Aula Magna y sus pasillos contiguos, al P. Félix Varela cuando en 1820 explicaba, en su Cátedra de Constitución, el texto aprobado en Cádiz. Varela, diputado entre 1822 y 1823, vivió algunos meses en Cádiz antes de partir, exiliado hasta su muerte, a los Estados Unidos. Es uno de los indiscutibles padres de la identidad cubana.

Jóvenes ayer y hoy con ganas de crecer y de prepararse mejor para el futuro. Para su futuro y el de Cuba.

A todo lo largo de la Isla la Iglesia Católica organiza encuentros en los que participan miles de jóvenes. Este verano, por ejemplo, se realizan en todas las diócesis de Cuba los Cursos de Verano para Educadores. ¡Llevan ya 13 años haciéndolos! Quienes asisten son docentes del sistema educativo estatal, el único que existe en Cuba. Educadores que, en su mayoría, no serán, probablemente, creyentes ni frecuenten los templos. Pero son educadores que desean progresar en su formación profesional y avanzar en la búsqueda de un sentido a sus vidas. A quienes asisten a esos cursos no se les ofrece algo fácil y ligero, "pan con azúcar"; sino una enseñanza seria, profunda, exigente: "pan con carne", decía uno de ellos. Y se les invita a comprometerse cada vez más con Cuba y su futuro, más allá de soluciones personales que, en muchos casos, les lleve fuera de la patria.

Ante tanto esfuerzo por parte de la Iglesia, y ante tanta sed por parte de los jóvenes, ¡cómo no emocionarse! ¡Y cómo no recordar las palabras de Varela cuando decía que la juventud es "la dulce esperanza de la patria"!

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