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El lanzador de cuchillos

Otegi en la playa

Sánchez es un yonqui del poder y sabe que "normalizar" a Bildu le garantiza una larga temporada en el Gobierno

Hace 23 años la muerte anunciada de Miguel Ángel Blanco sacó a la superficie lo mejor de nosotros, cuando aún no habíamos subvertido los valores, cuando todavía nos dolían más la tortura y el asesinato cruel de un joven que el sacrificio de un perro potencialmente contagioso. El espíritu de Ermua duró poco, fue apenas un destello que dejó momentos emocionantes. Pero, como dice Jorge Bustos, el político no puede permitir que la concordia devore su alma; menos aún el nacionalista, que hace del enfrentamiento su razón de vida. Por eso, los partidos abertzales se dieron prisa en desactivar una coyuntura que ponía en peligro, por primera vez desde que ETA movía el árbol, su hegemonía política, pero también social. Un año después del crimen de Miguel Ángel, que movilizó a la población española -y a la vasca- como nunca antes en su historia, Ermua era un páramo, en el que, según un dirigente nacionalista, sólo habitaban las ratas. Volvió el silencio, un silencio atronador. Y el estrépito de las pistolas. Durante tres lustros más, los condenados a muerte se limitaron a aguardar, ordenadamente y sin protestar, el turno de su asesinato.

El día que ETA mató a Miguel Ángel Blanco, mientras millones de españoles, angustiados, se manifestaban en las calles, el Gordo Otegi se fue a la playa con su mujer y sus hijos, "como un día normal", según confesó a Jordi Évole en aquella entrevista que dio el pistoletazo de salida -el término no está elegido al azar- a la operación de blanqueo del terrorismo vasco.

Ha pasado casi un cuarto de siglo y hay nuevos actores en la escena política española. Para algunos, el individuo que esperó tranquilamente sobre la arena -cara al sol- a que ETA ejecutara al concejal de Ermua es ahora un hombre de paz al que invitan a formar parte de la dirección del Estado. Del país que pretende destruir y que perdió a sus mejores servidores acribillados a balazos por la mafia totalitaria de la que Otegi gestiona el legado de sangre.

Iglesias, filofiloetarra -amigo de los amigos de ETA-, sabe que los herederos políticos de la banda terrorista no son los últimos empecinados contra una dictadura que no existe, sino la obcecada vanguardia que quiere imponernos la próxima. Está encantado, claro, porque no se puede ser, a la vez, revolucionario y demócrata. Pero, ¿qué pasa con Sánchez? El presidente es un yonqui del poder y sabe que la "normalización" de Bildu le garantiza una larga temporada en el Gobierno. Y ha decidido celebrarlo bailando sobre las tumbas de los mártires de la libertad.

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