óscar gonzález. Delegado episcopal para la Familia y Defensa de la Vida

Misericordia y fidelidad al Evangelio

EL Papa Francisco, en uno de sus continuos gestos de caridad, ha instituido un Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia. Un año que nos invite a los creyentes a revivir un encuentro con el Padre de la misericordia, "como si se quisiese tocar con la mano su ternura". Un encuentro que fortalezca nuestra fe y nos haga progresar en un testimonio de vida más conforme al Evangelio.

La indulgencia jubilar se alcanzará normalmente a través de la peregrinación a las basílicas romanas, las catedrales o las iglesias que cada obispo señale para tal fin. Siempre, eso sí, que la peregrinación sea expresión de un profundo deseo de conversión. Y que vaya acompañada de la celebración del sacramento de la reconciliación y de la eucaristía, de la profesión de fe y de la oración por las intenciones que el Papa lleva en su corazón, para el bien de la Iglesia y de todo el mundo. Para facilitar el acceso de todos al sacramento de la reconciliación, durante el Año Jubilar Francisco concederá a todos los sacerdotes la facultad de absolver el pecado de aborto. Sabido es que, de modo habitual, esa facultad está reservada al obispo y a un número reducido de sacerdotes facultados por él.

Algunos medios de comunicación, acaso confundidos por el insuficiente conocimiento que de estos asuntos suelen tener sus periodistas, han ponderando la iniciativa del Papa Francisco creyendo que evidencia el comienzo de un cambio de postura de la Iglesia hacia el aborto. Nada más lejos de la realidad. En la misma carta con la que Francisco anuncia la nueva facultad que concederá a todos los confesores durante el Año Santo, se refiere al aborto como algo "profundamente injusto" y "gravísimo mal". Y lamenta la "mentalidad muy generalizada que ya ha provocado una pérdida de la debida sensibilidad personal y social hacia la acogida de una nueva vida". Ahora bien, la percepción del aborto como un mal objetivo no impide que el Papa exprese su compasión hacia tantas mujeres que optaron por abortar sometidas a menudo a fuertes presiones. O hacia tantas otras que soportan en su corazón las heridas y secuelas de esa dolorosa experiencia.

Jesús ha compaginado esas dos actitudes, que para nada son excluyentes. Ciertamente, anunció la verdad sin disimulos, y denunció el pecado sin titubeos. Con fortaleza y mansedumbre, señaló la diferencia entre la verdad y el error, entre lo bueno y lo malo. Pero, al mismo tiempo, acogió con misericordia a todos, y a todos llamó a la conversión, y a una vida en la verdad y el amor. Por eso, acogió y perdonó a la mujer adúltera, que arrastraron a su presencia para ver si legitimaba su condena a muerte. Jesús le dijo: "Yo tampoco te condeno". Pero, a renglón seguido la exhortó a llevar una vida nueva: "Anda y, en adelante, no peques más" (Juan 8,11). Porque lo que de suyo no es verdadero, bueno, noble o justo, jamás podrá ser conveniente para la persona, ni útil o constructivo para el progreso de la sociedad, por mucho que pueda resultar corriente o estar socialmente admitido. Por eso Jesús se nos ofrece como punto de referencia de la auténtica libertad: "Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libres […], en verdad os digo: todo el que obra el mal es esclavo" (Juan 6,31s.34).

Si la Iglesia quiere ser fiel a Jesucristo no tiene otro camino que dar testimonio, al mismo tiempo, de la misericordia y la fidelidad al Evangelio. De la misericordia, acogiendo a todos con afecto, respeto y compasión, y brindando a todos la oportunidad del encuentro regenerador con el amor de Dios, que nos invita a una vida nueva: "Convertíos y creed en el Evangelio" (Marcos 1,15). Y, junto a la misericordia de Dios, la Iglesia tiene confiada también la misión de dar testimonio íntegro y fiel de la verdad. Porque las enseñanzas de Jesús contienen un mensaje sobre la verdad y la santidad de toda vida humana, del cuerpo, de la sexualidad, del matrimonio, de la familia... Por eso, el Evangelio que la Iglesia propone respetuosamente a la libre conciencia de cada hombre y cada mujer, y que Ella misma se siente llamada a vivir y testimoniar, con la ayuda de la gracia de Dios, no puede ser pactado ni servido a la carta. Ciertamente, el marco de valores que Jesús nos propone es exigente. Y no es compatible con cualquier forma de conducta: ni política, ni económica, ni familiar, ni sexual… Consciente de esas dificultades, la Iglesia se siente llamada a acoger a todos con entrañas de misericordia y fraternal afecto, porque ella misma es una comunidad de hombres y mujeres pecadores, que han experimentado la debilidad humana y la infidelidad a Cristo. Pero la comunidad cristiana es igualmente consciente, también por propia experiencia, de que el mensaje de Jesús es el camino de la libertad y felicidad plenas. Por eso, el mejor servicio que puede prestar a la sociedad es el anuncio del Evangelio, con toda humildad y mansedumbre, pero también con toda claridad y perseverancia, aunque por ello pueda ser incomprendida, calumniada, perseguida e, incluso, crucificada. Como acertó a expresar el inolvidable Pablo VI: "No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una eminente forma de caridad hacia las almas. Pero esto debe ir acompañado siempre de la paciencia y de la bondad de que el mismo Señor dio ejemplo en su trato con los hombres. Venido no para juzgar sino para salvar, Él fue ciertamente intransigente con el mal, pero misericordioso con las personas".

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