Tribuna libre

Jaime Martinez Montero

Medalla de oro a la Educación para Manuel Santander Díaz

NO es un fenómeno corriente ni sucede todos los días que a un funcionario de la Administración andaluza le concedan una condecoración tan distinguida. Para que nos hagamos una idea de su nivel, señalemos que la otra persona que ha sido premiada con este mismo premio ha sido el filósofo manchego José Antonio Marina.

Para los que conocimos a Santander hace más de treinta años y para los que algo tuvimos que ver en que encauzara su esfuerzo y trabajo en la inspección de educación, la noticia de su premio nos ha llenado de satisfacción y orgullo, a la vez que hemos experimentado una sensación de justicia. Es esa sensación que se tiene cuando se cumple aquello que aprendimos de chiquititos: que se premie a los buenos.

Manuel Santander ha sido algo más que un buen funcionario. Es evidente que en unas pocas líneas no se puede encerrar un trabajo tan rico y fecundo como el que ha desarrollado en más de cuarenta años. Pero, al menos, algunas pinceladas sí se pueden apuntar. Desde un punto de vista personal, Manuel es un erudito, un hombre excepcionalmente preparado, gran amigo de los libros. Hablar con él es siempre una oportunidad aprovechada de aprender. Siempre ha demostrado una cierta tendencia hacia la historia. Ha apreciado especialmente los libros antiguos, ha coleccionado viejos textos y aquellos encantadores libros de lectura o aquellas enciclopedias o libros de problemas que fueron el sustento de las escuelas postfranquistas. Ha escrito (y espero que alguna vez le dé la gana publicarla) una completa historia de la educación en la República y en los años de plomo que le siguieron. A él han acudido escritores de fuste para documentarse, para pedirle consejo. Se sabe las historias, con pelos y señales, de maestros y profesores depurados y fusilados. Ha salvado de la ignominia del olvido trayectorias de dignidad, ejemplos de cumplimiento del deber.

A Manuel Santander le debe mucho la educación especial de la provincia. Lo que es hoy en buena medida se lo debemos a él. Se ocupó de ella en una época (mediados los ochenta) en que los recursos apenas afloraban y los diseños estaban por ser fijados. Él urgió unos, y ayudó a elaborar los otros. Ambas cosas las hizo con acierto y ha quedado como una figura emblemática para todos los que se encargan de este sector tan problemático y apasionante de la educación.

Manuel ha sido, es, un buen compañero, de esos que se encargan de buscar soluciones a los problemas, y no de encontrar problemas para las soluciones que se alumbren. Siempre ha ayudado, ha echado una mano. Ha destacado su serenidad y su compromiso en momentos difíciles. Mientras los demás nos apenábamos o nos angustiábamos, él no se permitía ese lujo: se mantenía frío para poder manejar las situaciones. A unos los ha sacado de apuros y a otros les ha evitado caer en ellos.

No me caben más cosas. Que disfrutes de tu condecoración y de tu jubilación. Aquí nos quedamos todos. Yo al menos, algo más triste, cansado, pensativo y viejo, como tu querido don Antonio.

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