El balcón

Mal perdedor

Trump decía que Biden era el peor candidato de la historia. Y que si perdía no volvería a hablar y se marcharía del país

Trump ha repetido mucho un chiste de campaña. "¿Se imaginan que pierdo ante el peor candidato de la historia? No volveré a dirigiros la palabra y es posible que tenga que abandonar el país". Qué humillación, perder ante el peor candidato posible. Así está, montando el número del peor perdedor de la historia. Pero pasada la deshonra para la institución, el trumpismo se queda. Seguirá de moda su estilo pendenciero, de odio a los que opinan distinto o son diferentes, ajeno a los pilares de las democracias liberales durante dos siglos. También durará en Europa y en España. La igualdad, libertad, fraternidad y división de poderes quedan malparadas tras la era Trump.

El falso fraude sin pruebas, con el que el perdedor quiere envenenar a sus seguidores, no ha sido invocado por ningún otro candidato republicano que aspirase a un puesto de congresista o senador. Lo cierto es que Trump no supo ganar y no ha sabido perder. En 2016 no tuvo en cuenta que Hillary Clinton obtuvo tres millones de votos más que él y Biden ahora le ha aventajado en más de cuatro millones.

Pero este fenómeno de mentiras y desprecios no nació con él. Ya lo anticipó en los 90 Roger Ailes, fundador de Fox News, quien sostenía que la gente no quiere estar informada, sino sentir que está informada; no quiere confrontar sus ideas, sino que los medios reafirmen sus creencias. Con esa llave de la democracia sentimental hizo de las fake news un arte y convirtió a Fox en un canal de noticias de enorme éxito entre la audiencia conservadora. Aunque la cadena no ha seguido a Trump en su pretensión de considerar fraudulento el voto anticipado.

Pero esas maneras no ocurren sólo lejos; están aquí entre nosotros. Se las hemos oído hace dos semanas a Abascal en su intrascendente moción de censura. Y se han manifestado en Europa liderando gobiernos ultranacionalistas en Polonia y Hungría, en coaliciones de Italia, Austria o Finlandia, apoyando desde fuera ejecutivos en Holanda o Dinamarca, montando la tramposa campaña que acabó con la separación británica de la UE…

El trumpismo no se limita a América. Una parte de Europa, la antigua socia comercial y militar de los Estados Unidos, su vieja aliada ideológica, está contaminada por el afán proteccionista, autárquico, xenófobo que ha practicado el personaje de opereta desahuciado de la Casa Blanca. Ese populismo ha dimitido de los valores democráticos y ha ganado influencia.

De momento, lo único conseguido es que se le acaben las ganas de broma a Trump.

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