Un verano fui a Galicia. De hecho fueron muchos veranos los que fui, los que iba, pero ese verano concreto que fui a Galicia, al volver escribí un Calle Real en que describía la vuelta, el encuentro con el paisaje, el aire, la luz de La Isla. Días después, quien era el Sumo Vigilante de las esencias cañaíllas, el inolvidable Ignacio Bustamante, me abordó por la calle para felicitarme por ese artículo, que seguro debe estar en alguna de sus carpetas porque me dijo que lo guardaría. Siempre que vuelvo de algún viaje, como hoy de Jaén, la ciudad de mi padre, a donde fui a presentar mi último libro, recuerdo aquella vuelta de Galicia, aquel artículo y a Ignacio Bustamante diciéndome, tras la advertencia de rigor -"tú sabes que soy el primero en criticarte cuando así me lo parece"- que le había gustado muchísimo el Calle Real.

Ignacio formaba parte de un grupo irreductible de vecinos a los que La Isla les colmaba de felicidad. Eran amantes apasionados, grandes servidores y defensores de lo que fuimos y de lo que éramos... También de lo que deberíamos ser. En ese grupo habían estado Alberto Otero, Joaquín Ruiz y Fernando Miranda, fundadores de Mirador de San Fernando; José María Hurtado Egea, el gran poeta Rafael Duarte, Germán Caos Roldán, José González Barba, Juan García Cubillana y Juan Bohórquez Sargatal, Joaquín Quijano, Jesús Martín Almeida, Joaquín Rodríguez Royo y Juan Ortiz, Vicente Mira, Quintín Dobarganes y Nicolás Alonso y Paco Gutiérrez Macías, José Carlos Fernández Moreno... Justo es añadir la gran nómina de los integrantes de las hermandades y cofradías, las instituciones de La Isla, a su manera defensoras de la ciudad...

¿Hoy? No conozco a nadie con el liderazgo de Ignacio Bustamante, el liderazgo de amor a nuestro pueblo. Digo que he vuelto y he visto los caños espejear bajo el sol de la tarde, el aire, el caserío blanco, el cielo de azul familiar, el prohibido paraíso de mi querido Juan Mena, ese conjunto de elementos que han configurado siempre este modo de engloriarnos los isleños de la ciudad y del imaginario que la preside, pero ya no es lo mismo. Recuerdo al poeta que dijo que nosotros los de entonces ya no somos los mismos. Nosotros los que quedamos, por cierto. Ya encanecidos, enhiestos con esfuerzo y muchos días habitantes de ese territorio inevitable llamado Melancolía. No se trata de o corte o cortijo pero tampoco la desidia ni el abandono.

Cada Calle Real que escribo desde aquel día en que Ignacio Bustamante me la alabara con entusiasmo previa advertencia de que yo sabía bien que me leía siempre con espíritu crítico, quiero yo que sea una manera de que no mueran, no se olviden todos los que, porque amaban a La Isla con pasión, supieron enseñarme el camino de ese amor irreductible y fecundo. En donde no hay lejanías.

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